Me gustaría comenzar citando la siguiente definición del concepto budista de “interpenetración” ofrecida por Chengguan, cuarto patriarca del budismo huayan:
Dado que no tienen Propiedad, lo grande y lo pequeño pueden contenerse mutuamente […] Puesto que lo muy pequeño es lo muy grande, el monte Sumeru está contenido en una semilla de mostaza; y puesto que lo muy grande es lo muy pequeño; el océano está contenido en un cabello (citado por Priest 306).
Esta cita, según el filósofo Graham Priest, expresaría cómo las cosas, al estar vacías de naturaleza propia, sus naturalezas impropias podrían representarse por medio de un árbol, cuyas ramas son todas infinitas: la figura es mítica y se corresponde con la del árbol de Indra. Por lo mismo, esta infinitud ontológica/arbórea admitiría la interpenetración de todas las cosas entre sí. Así, mientras leía con gusto este cuarto libro de Sebastián Astorga y preparaba este texto, asocié esta concepción —de que las cosas se encontrarían interpenetradas—, a su vez, con otro concepto budista: el de metempsicosis. Esta refiere a la transmigración de las almas, cuya definición a grandes rasgos sería que luego de la muerte nuestras almas en lugar de partir al cielo reencarnarían en otro cuerpo, y por ende, en otra vida, más o menos mejor dependiendo de cómo nos hayamos portado en la vida pasada (una salvedad adicional, para el budismo todas las cosas tendrían alma, y por ende, podrían alcanzar el estado de Buda y/o reencarnar).
Esta conexión, cabe señalar poco rigurosa filosóficamente, entre ambos conceptos budistas, sin embargo, me entregó una pista para esbozar una dimensión de lo que podría ser “la poética” tras la escritura de Cuernavaca. Ella consistiría, a mí parecer, en una comprensión de lo migrante que rebasaría los confines antropocéntricos occidentales, y en la cual, la interpenetración y la metempsicosis convivirían, posibilitando una percepción de la serie de imbricaciones que existen entre las cosas grandes y pequeñas, o como bien señala Soledad Fariña en la contratapa: “Entre lo bello y lo amenazante, que puede coincidir con el agrado, la placidez o con la soledad, con el temor y hasta la paranoia”.
Por otra parte, que un libro de poesía se llame Cuernavaca, cuyo nombre calza con el de una ciudad mexicana, capital del estado de Morelos, según me informa amablemente Wikipedia, podría tentarnos a situar esta escritura en el ámbito referencial. Leerla como si se tratara de los apuntes de un viaje por esta ciudad selvática; uno que se ha transformado en estadía y que enfrentaría al hablante a los problemas de cómo habitar-colonizar-respirar un lugar desconocido. Este desconocimiento, a su vez, sería múltiple y colindaría con el nacimiento de un hijo, evento que volvería aún más extraña la situación habitacional, cito: “23:20. Tormenta. Rayos, truenos. Suspenso que no me cae bien. Las paranoias del peligro vienen cada tanto. De que todo esto es una locura. De cómo traigo a mi mujer y a un hijo a nacer a la jungla. Respira. Habita. Coloniza”.
Sin embargo, esta ficción que comento y que podría servirnos para hilvanar los distintos momentos en que esta escritura se manifiesta, conlleva el riesgo de colonizar sus extrañezas sensibles; esas raras convivencias entre las cosas con otras. Un ejemplo: “Un día puede ser infinito/ Va y viene la tormenta/ Comes el mismo plato tarde y noche/ No sabes si es un trino o una puerta/ Cierras las cortinas para no reflejarte en la ventana”. Que un día pueda ser infinito, implica necesariamente que ningún hilo narrativo pueda atrapar todo su sentido. En su lugar, la imbricación sonora entre el trino de una pájaro que se ha retirado y el chirrido de una puerta; o comer lo mismo tarde y noche. Hechos, sensaciones, atmósferas y climas que poseen la potencia de deshilvanar el o los relatos que nos queramos contar, al recordarnos la infinitud de sus ramificaciones posibles.
Asimismo, si consideramos que la palabra escrita, en tanto cosa, se presenta como una huella, es decir, la ausencia de algo (la oralidad, la vida, etc.) que se hace presente como un forado en el espacio de la página, ello supondría que ese algo ausente necesariamente haya migrado a otro plano. En otros términos, reencarnado en una nueva forma de vida (en este caso textual) que, sin embargo, continuaría interpenetrada con la anterior. En este sentido, lo que leemos cuando leemos en clave de registro experiencial estos poemas implicaría tanto una vida, como su muerte y posterior reencarnación. Estos momentos propios de la existencia de las cosas —vida, muerte y reencarnación—, en los poemas de Cuernavaca, parecieran encontrarse en un estado de solapamiento, por ejemplo: “El niño juega en el jardín/ ya se sostiene en pie/ mientras con un palo/ rompe las plantas” o “Miles de mujeres asesinadas/ Misteriosamente/ mientras// comemos chicharrones/ con salsa y arroz/ botellines de cerveza”. Así, el misterio de esta convivencia pareciera residir en cómo la cotidianeidad no se ve interrumpida tras este tipo de eventos. Se puede seguir comiendo chicharrones con salsa y arroz y beber cerveza ante las noticias de la muerte, sin temor a intoxicarse, al reconocer que justamente la alimentación implicaría una suerte de reencarnación de lo ingerido en el cuerpo/vida de quien lo come. En otras palabras, otra forma de interpenetración entre distintas especies de cosas.
En este mismo sentido, la experiencia (trans)migratoria no solo acontecería en el plano cotidiano, sino también en el lingüístico, al encontrarse el hablante con distintos nombres de una lengua desconocida como el náhuatl y/o el maya: Popocatépetl, Iztaccíhuatl, Tecualiapan, entre otros. Al leer estos nombres, un tanto impronunciables, conviviendo con el español, no solo acontecería una interpenetración entre ambas culturas, sino también entre las experiencias sensibles y los objetos que organizarían estos lugares. Así, el exotismo selvático rápidamente se vuelve cotidiano, como “un punto de luz naranja que cruza la cortina desde el muro de los vecinos y cae sobre los libros”, para luego, en la siguiente página volver a enrarecerse. Este tipo de vaivén, a mí parecer, marca el ritmo entre un poema y otro, así como reflejaría las diferencias y enmarañamientos entre un modo de vida y otro.
Abajo, un poema que me gustaría destacar, pues me parece que captura perfectamente este tipo de convivencias extrañas, por no decir tensas e incluso peligrosas:
Camino a Tepoztlán
a la altura de Ahuatepec
la cosa se pone seria
Un compañero –cuenta el chofer
atropelló a un cerdo
Se acercaron los campesinos diciendo
Debe usted pagar cerdo, señor
Debe usted pagar cerdo
Dos mil pesos por el animal era una locura
Con los machetes colgando los campesinos
Tuvo que pedir ayuda por radio
Era solo para pedir un préstamo, dijo
Una vez pagado el precio
Los taxistas pensaron llevarse el animal
A lo que se opusieron sus dueños
Usted ha comprado cuerpo de cerdo, señor
no alma de cerdo.
El poema retrataría una anécdota contada por un chofer. En ella, unos taxistas tras haber atropellado a un cerdo habrían comenzado un altercado con un grupo de campesinos, supuestos dueños del animal. Ellos les habrían exigido, a punta de machete, pagar dos mil pesos mexicanos por el cerdo, lo que pareciera ser un exceso. Sin embargo, luego de los periplos para conseguir el dinero, los taxistas pensaron llevarse al animal, pero esto no fue posible pues solo habrían pagado por el cuerpo del animal y no por su alma. Este remate, que tiene algo de chiste o de picaresca, no solo expresa una serie de diferencias culturales entre taxistas y campesinos, sino también dos concepciones radicalmente dispares entre los valores del alma y el cuerpo, y cómo estos valores no serían exclusivos de lo humano, sino extensivos a todo tipo de seres, incluido los cerdos atropellados. El alma puede estar a la venta, si, al ser otra cosa más en el universo de las cosas, pero su valor difiere al del cuerpo, y por ende, se escaparía a las transacciones monetarias. El cuerpo del animal, por lo mismo, debe permanecer en el lugar al ser su alma aún parte de él. Asimismo, sus dueños, en realidad, serían solo dueños de esa dimensión corpórea (he ahí la pillería), pero no de su alma, y por lo mismo, está no estaría disponible para su venta. Sin embargo, el alma reside en el cuerpo del animal incluso muerto, pues ella requiere un tiempo para transmigrar e interpenetrarse con otra cosa. Esta temporalidad no está retratada en este poema, pero sí sería posible atisbarla en los intervalos entre un poema y otro.
Ese tiempo mortuorio, a mí parecer, es el que pareciera querer retrasar la poética tras esta escritura, a pesar de reconocer que esto es más bien imposible: he ahí su pathos. Retrasar lo inevitable de la muerte no significaría negarla, sino solo desear que una serie de interacciones sensibles puedan durar un poco más: he ahí el poema, como forma de retrasar este proceso, emulando la transmigración y recordando a su vez la interpenetración de las cosas con las cosas. O como señala este poema, con el que si finalizo esta presentación: “dizque/ todavía/ no/ amanece/ y/ desaparecieron/ cuarenta/ y tres/ amigos/ nuestros/ no/ has/ salido/ de casa/ nos/ ronda/ consume/ habita/ la espalda/ querida/ justa/ democrática/ ecológica/ muerte/ tárdate/ con mi gente”.

Ficha: Cuernavaca. Sebastián Astorga. 2023, Editorial Aparte. 78 páginas. Dónde comprar

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