Siete años pasaron para volver a leer a Mariana Enriquez como cuentista. Desde el notable Las cosas que perdimos en el fuego (2016) la oriunda de Buenos Aires publicó libros en otros formatos, como la compilación de su trabajo periodístico en El otro lado (Ediciones UDP, 2020), su libro de no ficción Porque demasiado no es suficiente. Mi historia de amor con Suede, (Montacerdos, 2023) y sobre todo, su cuarta novela, ese pedazo de novela llamado Nuestra parte de noche (Anagrama, 2019) con el que terminó por consagrarse como la mayor escritora de terror latinoamericana.
Pero una narradora siempre vuelve a los cuentos. Por eso acaba de publicar Un lugar soleado para gente sombría (Anagrama). En 12 nuevos y oscuros cuentos, Enriquez continúa en su senda por la ficción de terror. Quizás con menos pop que en otros libros, pero ha mantenido algunos de los rasgos que la han hecho más conocida.
Porque Enriquez ha explorado más de una faceta en el terror. No solo lo sobrenatural, que es el terror más clásico —el heredero de Lovecraft o Shelley— sino también el “horror barrial”, algo que ha manejado durante gran parte de su carrera y que a todas luces heredó de las horas de leer (y devorar) las novelas de Stephen King, acaso su gran referente.
En los cuentos Mis muertos tristes y Ojos negros, está muy presente. Se trata de jugar con el miedo inconcebible a la pobreza. En el primero, una mujer es una especie de médium que habla con unos fantasmas que rondan por un barrio, y en el segundo, unos voluntarios de una ONG comentan las situaciones que deben enfrentar al entregarle ayuda a mendigos de la calle —violencia incluida— antes de pasar por un episodio sobrenatural.
“Creo que en los barrios marginales se juegan muchos miedos —nos comentó la misma autora—. Los de la gente que está en ese estado de vulnerabilidad, primero, aunque como dice Adélia Prado, nadie sabe de lo que habla cuando habla de los pobres. Se refiere a los discursos de la clase media que suelen ser paternalistas. La clase media en nuestros países inestables y desiguales tiene terror a la pobreza, al otro, porque puede ser el mismo, es un espejo en el que no se quiere ver, de modo que estos escenarios son ideales para el terror ‘realista’ que suelo escribir”.

En este libro Enriquez muestra una faceta nueva, o al menos no tan explorada, el uso de la moda, del mundo visual, los vestuarios. Sí, ahí también se puede encontrar horror. De eso trata el cuento Diferentes colores hechos de lágrimas. En su capa más visible, es un relato de terror de elementos sobrenaturales ligados al vestuario, pero en su capa más profunda, la que detecta el lector, habla sobre la violencia patriarcal contra las mujeres. Es una de las cosas que separa a un buen de un mal escritor. Las capas. El uso de varios niveles en un mismo relato (una que lo hace de forma extraordinaria es la colombiana Margarita García Robayo). En este relato notable —quizás el mejor del libro— Enriquez aborda la violencia doméstica no de una manera panfletaria ni en modo de denuncia, sino de manera elegante.
“Estaba un poco cansada de leer cuentos o de ver ficciones donde las mujeres invariablemente morían o se describía en detalle la violencia contra ellas con el fin del daño o la muerte —contó en una charla con este periodista—. Quería pensar a la violencia de otra manera: en el cuento es una fantasía que está “atrapada” en los vestidos y produce una alucinación, pero la violencia real no ocurre. Y no importa: la fantasía es igual de violenta. Lo que pasa dentro de la mente, en el deseo de violentar, me parecía un tema igual de interesante que concebir otro cuerpo femenino destrozado”.
Otro punto presente es el llamado body horror, y que tan bien ha explorado en otros de sus cuentos y novelas. Recordemos la niña manca de La casa de Adela, con la fascinación —y repugnancia— que causaba su condición (y que sabía aprovechar); o cómo el cuerpo de Juan, el médium de Nuestra parte de noche, era llevado hasta el extremo en sus contactos con el más allá (con eso que llama la Oscuridad). Por ello, en este libro vemos a una narradora a la que se le está pudriendo la cara, le vuelan moscas y se le pegan bichos (Pájaros en la noche); una mujer que termina con la cara borroneada sin facciones (La desgracia en la cara); una mujer espectral que se está muriendo de cáncer (La mujer que sufre); una gorda que tiene sexo con espíritus (Julie); y una mujer que decide intervenir su cuerpo de una manera muy particular (Metamorfosis).
“No te lo dicen, no avisan. Me enfurece. La piel se seca, la grasa se acumula en las caderas y las piernas y el vientre, la celulitis se acentúa de un día para el otro, ese pelo muerto que es la cana resulta imposible de domar —comentó Enriquez a Página 12—. No les pasa a todas, por eso es peor aún; deberían advertirte de que vas a estar en la minoría deforme y acalorada y llorona. Porque yo salgo a correr y a caminar y ando por la vida a paso rápido; y en el verano de esta ciudad, que es largo e intenso, miro las piernas de las mujeres de mi edad, cuarenta y muchos, y no todas tienen grasa imantada, de ninguna manera, y no todas se ponen matronas; y está lleno de caderas estrechas y pantalones que caen sueltos y vientres más o menos planos”.
¡Y por supuesto los fantasmas!, el diálogo con el más allá es otro de los leitmotiv de la obra de Enriquez (sino recordemos el relato Cuando hablábamos con los muertos). Esto lo encontramos en los cuentos Mis muertos tristes y Julie. “Creo que salieron fantasmas por muchos motivos —dijo a Página 12—. Puede haber sido una consecuencia de la pandemia pero no tan consciente. Porque fueron dos años pensando en la muerte en términos estrictos. Todos los días contábamos cuántos se habían muerto, cuántos se habían infectado. Y teníamos incorporado esos mensajes de la gente diciéndote “no me pude despedir”, cuando alguien se moría. Muchas veces no te podés despedir de los muertos, pero con la pandemia como que eso de la despedida se volvió un tema. La vida se había puesto muy fantasmal: las ciudades vacías, la presencia de la enfermedad en el aire. Y no se me dio por lo obvio de recrear la infección. Además yo venía pensando en fantasmas como metáforas de las crisis económicas de Argentina que vuelven una y otra vez y el exceso de memoria histórica que no deja vivir, porque estoy escribiendo una novela con fantasmas que pasa en la crisis del 2001. Y cuando escribo una novela me meto muy en tema, investigo mucho, son procesos muy largos y en el medio salen un montón de ideas que no tienen que ver con la novela y bueno, algunas las convertí en cuentos”.
Los nuevos 12 cuentos de Enriquez están escritos con esa mezcla tan suya de la exquisitez literaria, de ir desgranando de a poco el argumento y mostrar sin mostrar (se toma en serio eso de que los narradores esconden) junto a la narrativa directa y ágil de Stephen King. Responden además a la notable tradición latinoamericana del cuento y es una buena forma de esperar a que la trasandina termine de escribir su próxima novela, ¿superará a Nuestra parte de noche? Buena pregunta.

Ficha: Un lugar soleado para gente sombría. Mariana Enriquez. 2024, Anagrama. 232 páginas. Dónde comprar

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