Mala onda tiene una gracia. Pocas novelas funcionan tan bien como un homenaje, ni planificándolas. Ya desde la primera lectura queda claro que estamos frente a un trasunto de Holden Caulfield —el antihéroe de El guardian entre el centeno—, llamado Matías Vicuña. Y al igual que el chico expulsado de Pencey es un joven acomodado, que parece tenerlo todo, menos el deseo de encajar.
En sus noches y exploraciones por la ciudad dormida por el toque de queda, Vicuña recibe de parte del barman Alejandro Paz (“el gran Alejandro Paz de Chile”) la recomendación de que lea el libro de Salinger. Un clásico, ideal para un muchacho como él. Porque Holden experimenta el mismo hastío que Vicuña. Ese choque de volver del viaje de estudios en Río de Janeiro, donde todo es a colores, al Chile gris de 1980, en la víspera del plebiscito que definiría la continuidad de Pinochet. Desde ahí, se desata una vorágine de locura, jales, fiestas, y zorronerío que a Vicuña termina por hastiarlo.
Al final lo que molesta a Holden y a Matías es lo mismo. Ese discurso en que se pone al éxito como centro de todo. Esa retórica del winner, del “Chilean Way”, del “yo la hago”, del hueón que se hizo rico engañando a su jefe para traerse un negocio, del “qué van a decir de mí”, del discurso rústico de la familia feliz cuando solo pega con engrudo que apenas seca.
Como todo personaje interesante, es contradictorio. Si bien a Holden le importaba una mierda que lo expulsaran de Pencey, igual quería llegar a tiempo a su casa antes que sus padres vieran la notificación oficial. Y si a Matías parece que las convenciones de su clase no le agradan —ni se halla— termina sintiendo compasión por su papá empresario —gorreado por su esposa con su socio— con quien termina yéndose de farra a un prostíbulo. Algo así como un Satyricón decadente de los 80, pero con un protagonista joven y sensible.
Cuando Salinger falleció en el anonimato forzado, en 2010, en Cooperativa llamaron a Fuguet. Era obvio, quizás la referencia chilena más clara es él. “Salinger fue como el primer rockero en una época en que no existía el rock”, dijo, y comentó que tanto la intensidad de su escritura como las reacciones que estaba generando, hicieron que tomara la decisión de aislarse. “Se asustó con la energía que estaba desatando casi como un tsunami”. Buena tesis. En Estados Unidos suelen disparar primero y preguntar después.
“La gente que lo lee no siente que está leyendo un libro, sino que se está conectando con un amigo”, dijo también. Es que tanto El guardián entre el centeno como Mala onda tienen esa cosa de generar identificación en cierto tipo de lectores que no van a ir jamás al Amigo Secreto de la empresa y se van a horrorizar con conocer gente nueva. Es literatura para quienes se aíslan, justamente quienes no comulgan con ese discurso del éxito, la propaganda de cerveza y la mina con el culo al aire.
Fuguet llevó al límite la escritura, usando Coca-Cola, café, y líneas de coca. Una combinación combustible que después señaló no recomendar para escribir. Tecleó rapado y con el rock de Faith No More de fondo, que a inicios de los 90 estaba comenzando a ponerse de moda en Chile.
Fueron cinco días en el verano de 1991, cuando Faith No More vino al Festival de Viña en los que el Fuguet periodista compartió con el joven e inquieto cantante a quien entrevistó para Wikén. “Para una sesión de fotos le presté una camisa azul y una corbata que parecía de colegio particular. A Mike le costaba creer que así debían vestir los colegiales. Justo habíamos conversado de La sociedad de los poetas muertos. A cada rato me preguntaba: ¿Este es un país desarrollado o tercermundista?”.

Ya sabemos qué look usó Patton para tomarle el pelo a un empaquetado Antonio Vodanovic (aunque, siendo justos, ¿quién no era empaquetado en esos años?). “Luego me devolvió la camisa y la corbata empapadas en sudor”.
Ahí fue cuando Fuguet terminó de embalar los elementos de una novela, que por entonces estaba un poco estancada. “Fue tal mi fascinación con Mike Patton que, luego que se fuera, me sirvió de inspiración para dos personajes: Josh Remsen, en Mala onda y Pascal Barros en Por favor, rebobinar. Es más: su pasada por Viña me remeció tanto que pude por fin zafar de mi bloqueo y poder terminar de escribir la novela que llevaba varios años macerando en un cajón. Su epígrafe fue, en efecto, un trozo de la letra de Falling to Pieces. A lo largo de los años me cedió permiso para usar temas suyos en cintas como En un lugar de la noche (el tema Evidence), cuyo guión era de mi autoría, y Just a Man al final de mi segunda película Velódromo”.
Con ese enchufazo, Fuguet terminó la novela y el señero crítico literario Ignacio Valente la destrozó sin piedad en el decano. “Grandes serán las tragaderas que necesita un crítico literario, y creo que las mías lo son, pero no llegan a tanto como para terminar esta bazofia”. A Fuguet le dolió, pero aprendió a sacarle lustre a tan solemnes líneas, incluyéndola en las ediciones posteriores. Algo así como “aquí hay algo prohibido”.
Mala onda era una novela necesaria para su tiempo. Incluso todavía lo es. Cada nueva reedición —como la más reciente, de Tusquets— se agradece. Es una historia crítica del exitismo que vale la pena leer y digerir. Creo que da para que nazca un género literario y que cada generación tenga la suya. El problema es que hay pocas así. A veces a los literatos se les olvida que hay buenas historias en los excesos.

Ficha: Mala onda. Alberto Fuguet. 2024 (reedición), Tusquets. 356 páginas. Dónde comprar

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