Manual de pesca recreativa

Crónica de una mañana entre el wader, las rocas y el mar.

Te levantas a las 6:30 A.M, crees no saber por qué. Piensas que dormiste mal ya que tu hija se pasó a la cama matrimonial a medianoche. Intentas volver a dormir y aunque estás cansado, no puedes. Café y cigarro en la terraza, aún es de noche. El día anterior la jornada de pesca estuvo mala, ni un pique. Miras el wader colgando de la baranda. Ya sabes la razón por la cual te levantaste tan temprano.

Te tomas tu tiempo en el baño, en la playa si te dan ganas, es una molestia sacarse el traje y encontrar el lugar preciso entre las dunas y los pinos. Lavado de cara y bloqueador. Sacar los pejerreyes del freezer, meterlos a la mochila, revisar el equipo. Avisas a tu mujer que dormita. Caminas al auto con el wader puesto, abres la maleta, la caña está ahí. Lentes de sol, jockey, emprender rumbo. 

Apoyado en el capot armas la caña y pones solo el destorcedor. Hay que ver cómo está el viento —el gran enemigo junto a los huiros y los roqueríos sumergidos—. Si está suave se puede lanzar Rapalas livianas, de 20 a 50 gramos. Si no, chispa de 60 a 80 gramos, armada para lenguado con plomo dependiendo de lo que aguante tu caña. Avanzas por la arena. Todo es escala de grises salvo las casas que están a tu espalda. Si conoces el lugar, miras las rocas y sabes en qué punto está la marea. De no ser así, intentas leer el mar.

Observas puntos de referencia para establecer tu recorrido —partes de la caseta desteñida del salvavidas a un palo largo que nadie sabe quién puso ahí— y vas lanzando. Miras cuántos pescadores hay y si han sacado algo. Ves a un tipo con unos pejerreyes grandes colgados del traje —hay pescadores así, que les gusta mostrar sus trofeos, otros que llevan una bolsa y los meten a la mochila, también los que no se mueven más del lugar de dónde sacaron pescado y los van guardando debajo de un montón de cochayuyo—. Te tientas en seguir los pasos del hombre de los pejerreyes. Depende si tienes equipo para eso, o si eres terco y estás decidido por una especie. No te das cuenta y ha pasado una hora. Sigues tu faena, poseído por un mandato superior.

Comenzaste a pescar hace diez años. Recuerdas que tienes cuarenta cuando te percatas que tu vista no es la misma, ya no ves dónde cae el señuelo y una ola hace que te tambaleen las piernas. Casi te caes y retrocedes unos metros para lanzar. Cambias de armada para lenguado a chispa, no ha pasado nada. Hablas solo: “cuándo ocurrió todo esto, de la nada tienes cuarenta años”. Ves unos viejitos mitológicos —pescan a la antigua, haciendo hoyos en la arena para encontrar pulgas saltarinas o sacando con un cuchillo la carne de las piedras de piure para poner en el anzuelo— y piensas que esto es para siempre, o por lo menos para muchos años más. 

Diez años. Ya tienes técnica, sabes esquivar los huiros, salir de un enganche a una roca. Le estás tirando al lenguado con pejerrey. Odias a quien te los vendió, por chicos y viejos. Te maltratas a ti mismo: “cómo no los revisé antes de comprarlos”. Tienen que estar en esa escala de grises, color plata, y no café como los que tienes en la mano y se desarman luego de diez o quince lances por más que tengas destreza en el ensarte y amarrado.

La caseta donde partiste está lejos, se ve apenas una cajita de madera. Sientes el olor podrido de un lobo muerto, lo miras un segundo. Sigues hacia el norte, hay un puñado de pescadores allá y piensas que está saliendo. Otro pejerrey desbaratado al recoger. Cambias la armada por chispa esperando que muerda una corvina. La pleamar se consolida. Un pique falso, otro y otro. Son pedazos de huiro o misterios del mar. Ya estás cansado, te duele el brazo, la mano derecha se duerme. La abres y la cierras hasta que el entumecimiento se acaba. Tienes hambre, no tomaste desayuno.

“Nadie ha sacado nada salvo esos pejerreyes bonitos”, piensas. Comienzas a regresar a la caseta del salvavidas. Vas a desarmar la caña, pero no lo haces. Miras el océano y el horizonte: aparecen pájaros piqueros, patos yecos y crees que es símbolo de cardúmenes que se acercan. Cambias de chispa a un vinilo verde, piensas: “está todo gris, un color llamativo puede llamar la atención de los peces”. Te devuelves más lento de lo que planeabas. Vas lanzando de norte a sur. Otra vez cambias: vuelves a la armada con pejerrey para lenguado. No te das cuenta, supones que son las doce, hace calor, llegas al auto.

Te contentas con que nadie ha sacado nada salvo ese par de pejerreyes. Manejas pensando en que estuvo bien salir, hace bien para la salud, se aprovecha la mañana. Como intuías, es mediodía. Luego de atravesar caminos de tierra y llegar a la calle principal del balneario, ves a un hombre caminando con una corvina en cada mano y te mortificas. En casa están todas despiertas. Recuerdas las veces en que llegaste con pescado, lo levantaste y mostraste por la ventana, las sonrisas y pulgares hacia arriba. Sale tu hija de ocho años y te dice “¿vamos a comer pescado frito? Te sacas el wader, lo manguereas para sacarle la sal y lo vuelves a colgar en la baranda.




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