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Harry Martinson y los vientos alisios

Apuntes sobre el volumen de poesía Vientos alisios del Nobel sueco y uno de los llamados “escritores proletarios”.

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Parece que acceder a canales de televisión extranjeros permite ampliar el rango geográfico del miedo. Si mi abuelo puede alimentar su pánico e inseguridad con los portonazos, el Tren de Aragua y la delincuencia urbana tal como la muestran los medios nacionales; yo, Youtube mediante, puedo inventar situaciones catastróficas con los rumores de guerra en el viejo mundo: Putin y la amenaza nuclear, la masacre en Palestina, las amenazas de la OTAN. A cada medio su respectiva escala de catástrofe.

Pensé estas cosas después de leer una compilación de poemas de Harry Martinson que encontré en una tienda de libros usados: las clásicas tapaduras azul marino de Orbis que difundían la obra de los Nobel de literatura. Cuando piensen que el Nobel lo es todo, recuerden al pobre Harry. Poeta proletario, huérfano desde temprana edad y —según leí por ahí—, “renovador de letras suecas del siglo veinte”. El 74 recibió el premio junto a su coterráneo Eyvind Johnson. Ese mismo año fueron candidatos Nabokov y Graham Greene. El asunto levantó polvo en las letras suecas: Martinson y Johnson habían formado parte del jurado en ocasiones anteriores. Sus pares dudaron. “Aquí hay un arreglín”, dijeron en sueco, probablemente. Harry, que había sido abandonado por su madre y trabajado en cuánta cosa se les ocurra, no soportó la presión y el escarnio público. El 11 de febrero del 78 se quitó la vida abriéndose el estómago con unas tijeras.

Pero mejor retomar su bios: Martinson, como Melville y Conrad, fue marino mercante y recorrió parte de un mundo cuyas fronteras todavía no quedaban totalmente digitalizadas en las bases de datos de Google. Los poemas de Vientos alisios, del 45, van por esos derroteros: “El número de islas recién descubiertas iba creciendo. / Ahora ya no quedan islas por descubrir […] Todo lo que era remoto / estará al alcance de la mano y desgastado. / Exotiana se hunde y muere / como una última Atlántida, / como una Gondwana sumergida”. Lo que Martinson describe podría leerse como el ritmo expansivo del capitalismo en su versión naval: “Así fue creciendo el imperio del mundo. // Y a esos vientos se les llamó vientos alisios. / Pronto los llamaron: Trade winds: vientos del comercio.”

En otro poema (“El regreso”), Martinson se me aparece como un exégeta oblicuo de Walter Benjamin. Escribe: “El caminante que retorna de los caminos / sabe que ya nada queda por contar. / Ya es sabido mediante los nuevos aparatos que llegan a todos. // De su vida en países extranjeros / nada tiene que contar que no hayan dicho mejor / los aparatos que siempre se anticipan”. Martinson escribe justo en el momento en que comienza lo que los historiadores llaman La Gran Aceleración: el crecimiento exponencial de las urbes, el automóvil, la electricidad: el American Way of Life. En su Pequeño diccionario del Antropoceno, Yuri Carvajal aventura una hipótesis a propósito de Chile: fue la sagrada trinidad de la dictadura —militares, economistas y abogados— los que masificaron la falopa de la velocidad en estos pagos. Quizá el refrán popular —Pinochet introdujo la pasta base en las poblaciones— esconda esa verdad solapada: entramos, con el telón de fondo de la guerra fría, en el ritmo de la Bolsa.

“Los aparatos siempre se anticipan”, escribe Martinson para mostrar la frustración del viajero cuya experiencia encontró un sustituto. La experiencia de una posible guerra o el pánico a la delincuencia podrían calificar como la enfermedad de la anticipación. Por eso no es tan raro el uso masivo de sertralina, los memes sobre las crisis de pánico, andar disociao y otras peladas de cable neuroquímicas. Altas dosis de futuro catastrófico requieren de otras altas dosis de ansiolíticos. Mientras, el impostergable presente: el realismo capitalista en su versión Milei, Thatcher, Bukele o Trump.

Hace poco leí la expresión cambiólatra: la usa el poeta Paulo Leminski en un ensayo para fustigar a una porción de sus contemporáneos y su fascinación por lo nuevo. El ritmo de un poema difiere de lo nuevo: su ruptura con la sintaxis es precisamente un cortocircuito en el ritmo maquinal de la comunicación. Seguro que Harry Martinson fue la novedad de las novedades cuando recibió el Nobel. Ahora, para fortuna suya y mía, es un volumen de hojas roneo encontrado por dos lucas con poemas que, para mal, glosan en parte el momento que transitamos. Lean nada más “Muerte profanada”: 

Mediante el genocidio

el poder ha matado también el sentimiento 

que habíamos aprendido a asociar con la muerte humana.

La majestad de la muerte yace muerta.

La muerte que se dio a millones de seres

fue una muerte animal. 

Allí donde antes atracaba la barca de Caronte

hay un transbordador de animales

Por Jonnathan Opazo

Escritor. Actualmente vive en Las Ánimas.

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