Juan me acaba de recordar que hace diecisiete años vimos a Deftones en Santiago. El concierto fue el trece de febrero del 2007 en la Estación Mapocho. En ese mismo lugar, en una pequeña salita donde había seis o siete personas, todos amigos, presentamos Junkopia casi diez años después, si no recuerdo mal. Diecisiete años. Trece de febrero es también la fecha de cumpleaños de Paula, una amiga de la adolescencia a la que nunca volví a ver.
Esa fue mi primera experiencia en un concierto. Es decir: mi primera experiencia como parte de una masa hirviente de cuerpos. Me parece que también fue así para Juan y su hermano Carlos, que nos acompañó. Deftones estaba presentando Saturday Night Wrist, un disco bellísimo y oscuro, que junto al White Pony (2000) y Deftones (2003), constituyen lo que llamo (sic) la trilogía nocturna (doble sic): aunque no salen de los márgenes del so called nu metal y sus derivados del white trash yanqui, me parece que esos tres discos son una especie de hiato. Hay mucha más oscuridad, susurros desesperados, electrónica, trip hop y atmósferas densas que en sus otros álbumes. No sé si volvieron a sonar así y a estas alturas da un poco lo mismo.
Después o antes de grabar ese disco estuvieron a punto de separarse. Hole in the Earth trata sobre eso. Chino Moreno estaba destruido por un divorcio reciente. Ya no era el esmirriado jovencito que despertaba los deseos homoeróticos de los chicos aggro: ahora se parecía al tío alcohólico que te ofrece cocaína en el cumpleaños de su hijo. Chi Cheng aún no moría. Con Juan solemos recordarlo haciendo un brindis con una copa de vino.
Antes de tocar esa misma canción, en la repletísima Estación Mapocho de febrero del dos mil diecisiete, Frank Delgado soltó un fragmento de Dandelion de Boards of Canada, aunque quizá sólo fue un alcance de samples. Cosas del inconsciente sonoro y sus magdalenas.
Otro recuerdo: Chino, entre canciones, agradeció una o dos veces que no lo escupieran. Según supe por recuerdos de otros, la primera vez que vinieron a Chile recibieron un aluvión de gargajos y fluidos bucales diversos. Visto a la distancia, es una conducta clínicamente inquietante. Otras bandas yanquis que anduvieron por estos andurriales conocieron también ese tic ominoso de la masa chilena: vi alguna vez un video de Mike Patton desafiando al público local, abriendo la boca en plan “dale, tira tu mierda, no me interesa”. Probablemente fue a fines de los noventa o principios de los dos mil. Un conocido recordó, mientras conversábamos de esto, que Marilyn Manson fue también objeto de escarnio salival. “Estaba escuchando ese concierto por la radio, cachai, y el locutor dijo: ‘Manson está en el escenario con la boca abierta y los ojos blancos’”.
No sé si Deftones hizo algo con nuestra educación sentimental y poco importa, supongo. A la sazón, sabía tan poco inglés como ahora. Guardando las distancias, nos pasaba un poco lo que a los japoneses que empezaron a escuchar música gringa en la posguerra: todo era cuestión de ritmos, vibraciones, murallas de distorsión para nuestras experiencias de adolescencia tercermundista. Chino Moreno podría haberle escrito canciones a una sandía y nos habría gustado igual, creo. Ahora tampoco somos los mocosos esmirriados de antaño y nos parecemos, algunos, a ese tío alcohólico que, seguro, tiene también sus propias magdalenas sónicas para salir un rato de la espiral devoradora del tiempo.
