Aunque se trataba de recintos profusamente iluminados, las librerías de los ochentas nos parecían inhóspitas y lúgubres. En ellas habitaban las novelas sobre crímenes de Sherlock Holmes y Agatha Christie, la fantasía de JRR Tolkien, la sci-fi de Ray Bradbury, la colección Lumen de Umberto Eco, y, en los anaqueles más bajos de las estanterías a modo de góndolas, el horror de HP Lovecraft.
Así mismo fue como una tarde cualquiera de 1985, 1987, cayó en nuestras manos un volumen de centenares de páginas con tapas verdes del narrador originario de Providence, sello Alianza, y lo revisamos con temor y temblor —en aquellos días los libros no venían sellados, por lo que se podía pasar horas hojeándolos para solo luego animarse a comprarlos y llevarlos a la casa—.
Y al llegar a la casa comenzamos la lectura ahora detenida del prólogo y por primera vez supimos lo que era el “horror cósmico”. Cierto, no hubiera sido entendida la lectura de Los Mitos de Cthulhu sin aquel prólogo redactado por Rafael Llopis que ya contaba con más de tres lustros desde que había sido publicado por vez primera en 1969, solo un par de años más tarde del nacimiento de dicha editorial Alianza que pretendía despercudir el estancamiento de las ediciones de literatura traducida al castellano.
Llopis logró definir, delimitar y hasta secuestrar el modo de interpretación de este escritor estadounidense que quería vivir en el siglo XVIII y odiaba la modernidad, al punto de elaborar míticamente un pasado del universo, desde eones de distancia temporal, habitado por dioses o demonios inmemoriales; y quienes leíamos aquellos textos —porque Alianza publicó muchos textos de HP Lovecraft que no dejaron recodo de su obra sin visitar— asumimos que la lectura de este psicólogo español era la exégesis definitiva de su obra.
Solo muchos años más tarde, cuando éramos ya profesores universitarios alguna estudiante nos pasaría un texto más moderno que abordaba la obra y la vida de HP y que le tiraría la cadena a la lectura de Rafael Llopis. En este último texto, cuyo nombre ya hemos olvidado, se señalaba que el secuestro realizado por Llopis del legado de Lovecraft era hijo de su tiempo: tenía algo de esoterismo y algo de hippismo y algo de las teorías comunicacionales tan en boga en esa época tardosesentera. Y no se trataba, entonces, de una lectura definitiva, sino que provisoria y en el marco de la era en que fue redactada.
Porque, ¿por qué visitar y revisitar cierta literatura y a ciertos escritores cuando ya han sido sobremanera analizados y hay exégesis canónicas?
Quizá lo que hace Álvaro Bisama, escritor, académico, director de la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales, con Carlos Droguett es exactamente esto último: una revisita que ilumina nuevamente la lectura del polígrafo chileno.
Y hay algo acá; porque si se le hace caso a una de las ideas fundacionales de esa teoría literaria que se llama Teoría de la Recepción, cada obra es leída por cada generación que se encuentra con ella, como nosotras y nosotros con HP Lovecraft en aquellas inhóspitas librerías de los ochenta, con un “horizonte de expectativas”, que es el cúmulo de conocimientos, experiencias, preferencias estéticas que permiten leer de una cierta manera a autores y textos y darles sentido a partir de su propia literalidad, pero con un ángulo o foco particular.
Fue hace muchos años que me di cuenta de que este ejercicio de relectura epocal estaba empezado a hacerse de nuevo en el presente siglo: porque los escritores y críticos del pasado —a lo largo del siglo XIX y hasta mediados de la vigésima centuria— se hallaban más cerca del autodidactismo o de las labores periodísticas, mientras que desde la década de los setentas ambas prácticas se habían academizado. Muchas y muchos de los escritores contemporáneos pasaron por las aulas universitarias y se especializaron en letras, en particular en el Primer Mundo de Europa y los Estados Unidos. Y en ese ejercicio de formación nacerían las narradoras del presente, así como sus críticas y críticos, en una división del trabajo que se hallaría suplementada por una fuerte capacitación en teoría literaria.
En simple, la universidad contemporánea forma a las escritoras y escritores que facturan las obras del presente, así como también a las personas que interpretan dichas obras o ejercen la crítica.
Sin embargo, no es nada raro que ambos roles —escritura e interpretación— sean transitados alternadamente por las mismas plumas. En Chile Alejandro Zambra y el propio Álvaro Bisama iniciaron sus trayectorias comentando libros en el Taller Mariano Aguirre al alero de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, antes de arrojarse a redactar sus primeras novelas.
Ahora, pasadas dos décadas de aquellos inicios, y tras un puñado de novelas y colecciones de cuentos, Álvaro Bisama vuelve por sus fueros, primero escribiendo sobre Pablo de Rokha y ahora sobre justamente Carlos Droguett. Y su revisita de estos autores puede con su qué ponerse en la misma línea que el trabajo de otro autor formado en la academia, en los Estados Unidos, Paul Auster, que realiza una aproximación similar y con muchos paralelos al bisamismo, sobre Stephen Crane (La llama inmortal de Stephen Crane).
Es cierto que Bisama ya había ensayado una relectura casi al inicio de su trayectoria escritural con Cien libros chilenos, pero la energía involucrada en sus últimos dos ensayos biográficos —De Rokha y Droguett— resulta mucho más desplegada.
Bisama, tal como Auster —y, si se me apura, el Houellebecq que escribe sobre el mismo HP Lovecraft, o el Bolaño que escribe sobre Mark Twain— toma distancia temporal, un filtro especializado en letras, su propio oficio prosístico y mucha documentación, sobre su objeto de estudio —Crane en un caso y Droguett en el otro—, y el resultado es una puesta al día, y lo más importante, un “horizonte de expectativas” novedoso y actualizado. Y no hay más que felicitar al chileno por ello, porque en la filigrana de su redacción y en la elucubración de su lectura hace ver que Droguett pertenece a una tradición al tiempo que la rompe, la hace disléxica y le agrega un calado donde la violencia, la historia, la ciudad y la reescritura permanente que le hacen un caso singular.
Redactada como viñetas esta semblanza ensayística biográfica rescata y destaca la obra y el contexto de Droguett al trabajar sobre sus materiales, muchos de ellos hallados tras una indagación tan meticulosa como erudita. Pero, no por ello, La rabia y el augurio, es una obra academicista: Bisama se da maña para no caer en la pomposidad de las lecturas universitarias, y desborda lo que a veces es solo una técnica que ahoga la genialidad, como suele hacer la escritura de papers. No, Bisama es fiel a su propia redacción y, como tal, dialoga con eso que se ha dicho tanto del Lovecraft de Houellebecq, como del Crane de Auster: que son obras en que se da al mismo tiempo la lectura de sus escritores abordados, y también una especie de arte poética de los mismos escritores contemporáneos que firman esta biografías.
La rabia y el augurio es una obra biográfica sobre Droguett, pero también una autobiografía secreta del mismo Bisama, que, en quizá la más aguda lectura de su obra, hecha por Edmundo Paz Soldán: “es a la vez la historia de un loco y la fantasía de un historiador”. Solo que en estos casos —de Rokha y Droguett— prevalece la fantasía del historiador, tal como en Taxidermia, su novela más radical, abunda la historia del loco. Y como ha dicho Pedro Gandolfo en su crítica del libro de Bisama en El Mercurio, “Bisama escribe sobre Droguett como si este libro formara parte de un proyecto mayor”, en que no solo la finura y el exceso energético de su prosa inclasificable, sino que el oficio arqueológico y de archivo, revelan a Bisama como una de las figuras señeras de las letras actuales en Chile, tanto en la narrativa como en el ensayo.

Ficha: La rabia y el augurio. Álvaro Bisama. 2023, Ediciones UDP. 228 páginas. Dónde comprar

Deja un comentario