Hoy día se cumple un mes desde que abrimos Museo 31, la exposición que viaja por los diversos mundos de 31 Minutos en sus veinte años de existencia.
Un mes de darle forma a una locura colectiva que vestida de los más originales títeres ha logrado generar 4 temporadas de programas de TV, cinco discos, diversos shows en vivo, juegos o novelas que han logrado crear una imaginario colectivo que traspasa generaciones en toda Latinoamérica.
Eso sí, por primera vez como exposición.
Pero, ¿cómo tenía que ser? ¿Qué debía generar en sus visitantes? ¿Y hacia quién iba a ir dirigida? En nombre de sus directores, Pedro Peirano y Álvaro Díaz, debía satisfacer hasta los más sofisticados fans. A mi parecer debía funcionar ante cualquier visitante, que —aunque fuera difícil— jamás hubiera escuchado qué es 31 Minutos.
El Centro Cultural La Moneda, quien nos acogió en el corazón del centro de Santiago y Fundación Teatro a Mil, el festival internacional de teatro chileno, de quien éramos uno de sus platos principales, presentaban la oportunidad perfecta para ver qué podíamos hacer.
La propuesta fue generar un recorrido libre donde a través de 10 ámbitos en sus 600 m2 se pudieran generar las más diversas experiencias.
El visitante tenía que percibir la irreverencia de la historia de 31 Minutos, pero a la vez notar la elegancia y originalidad de su trabajo, entretener y sorprender en su recorrido, sin olvidar de profundizar y dar a comprender cómo un delirio de carácter muy experimental podía transformarse en un suceso de masas, si era trabajado con la originalidad y humor que sus fundadores le han entregado en estos 20 años de historia.

Un recorrido por Museo 31
Se planteó un gran hito en su hall central: una enorme mesa participativa y un inflable de uno de sus protagonistas, Tulio Triviño, gigante y majestuoso, reciben a los visitantes.
Entre sus piernas, un público diminuto, casi venerándolo, puede acceder a la sala.
Allí, un pez renacido en forma de holograma presenta un misterio en una especie de anti-introducción; una instalación de objetos cotidianos, revela el principal concepto de los títeres: todo pero todo, si le pones ojos y tiene un agujero que pueda parecer una boca, puede ser el mejor de los personajes en una historia de ficción.
Un cuadro enorme de 16 metros de largo, al más puro estilo de un fresco gigante de la realeza francesa en el Louvre, presenta un mundo de personajes como nunca antes se habían visto. Una línea de tiempo de su periódico El Alarmista, cuenta su historia.

Instalaciones de objetos al estilo del Museo Precolombino son soportes de versiones inéditas de sus canciones. Dioramas exhiben diversos submundos. Una galería de arte al centro parodia el cubo blanco de cualquier metrópolis, con inflables al estilo Jeff Koons, una reproducción de La última cena de Da Vinci revisitada, readymades de Duchamp, la Mona Lisa atacada o el Ecce homo nuevamente mal reparado.
En una esquina, el robot gigante de la malvada Cachirula vuelve a atacar, y un teatrino del Quijote automatizado revela la cabalgata de sus dos grandes antihéroes.
Una mesa de guiones, un mini cine, un muro participativo, un noticiero en vivo y otras innovaciones de los más diversos formatos, nos permiten viajar por un espacio colorido, innovador y demencial, que creo que no dejará a nadie de brazos cruzados si es que lo visita.

Únete a los más de mil visitantes que tenemos al día. Hasta fines de marzo.

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