Un país bañado en sangre, mezcla de ensayo y memoria de Paul Auster, nace de la idea de su yerno, el fotógrafo Spencer Ostrander. Sacudido por la vena violenta e irracional de los asesinatos masivos en Norteamérica, en especial de los últimos veinte años, se acerca a Auster para hablarle de su proyecto: recorrer el país fotografiando los escenarios, hoy desolados y pocas veces reconstruidos, en todo caso frecuentemente olvidados, de estas masacres. El autor de inmediato se las figura acompañadas de un texto que él mismo redactaría con su propia historia truculenta como base.
Entonces el libro es una construcción híbrida de las fotografías de dos años de trabajo, donde las composiciones hablan de estos lugares catastróficos, pero a sangre fría, porque las estructuras que los comprendieron aparecen descontextualizadas y vacías, más como lápidas que como un fresco de lo que en realidad sucedió; y sin embargo este silencio es más potente que la otra cosa.
Tampoco hay una descripción detallada de los eventos. Para el ataque de Walmart que dejó veintitrés muertos y veintitrés heridos en 2019, hay tres fotografías, una es la toma de afuera, del estacionamiento vacío y otras dos en el interior sin nadie, y solo está esa información, seguramente suponiendo que los hechos se encuentran bastante claros en la memoria de los norteamericanos.
Pero nosotros no sabemos que los cometió un terrorista de extrema derecha de 21 años (ver foto principal) motivado por el racismo y el ecofascismo y que la mayor parte de las víctimas eran de origen latino.

La historia del padre de Auster
En 1970, casi cuarenta años después de ocurrido, Auster se entera de un secreto familiar que por fin le permite explicarse por qué su padre vivía tan atormentado y distanciado de los demás. A casi dos meses de la Primera Guerra Mundial, a comienzos de la tercera pandemia de gripe española, su abuela mató a su abuelo con dos disparos. Porque la había dejado hacía dos años y vivía con otra mujer.
Mientras él arreglaba un interruptor, en una visita a sus hijos, la abuela subió a buscar una pistola con la que lo asesinó —en frente del tío de Auster, de nueve años, mientras su padre, de seis, dormía en el segundo piso—. El hecho salió en la prensa, hubo un juicio y la abuela fue absuelta por motivos de locura temporal. Se mudaron a otra ciudad donde la mujer adoctrinó a sus hijos para que no dijeran una sola palabra. Así cuando Auster le preguntaba a su padre por su abuelo, éste le respondía cada vez con una historia distinta. Hasta que por casualidad, por un vecino, se enteró de la verdad, y aquí escribe: “La pistola que mató a mi abuelo: la misma arma que destrozó la vida de mi padre” y más adelante completa: “Si tu padre ha muerto porque tu madre lo mató a tiros, y si a pesar de eso sigues queriéndola, casi seguro que irás cayendo poco a poco en un estado mental con tantos cables cruzados que en buena parte acabarás apagándote”.
Por eso Auster se ocupa en este ensayo de dar un espacio importante a los heridos y también para los estragos que inoculan a los familiares estos sucesos. “Rara vez hablamos de los heridos, de los que han sobrevivido a las balas y siguen viviendo, a menudo con devastadoras heridas permanentes”.
La estadística más rotunda es que cada año cuarenta mil personas mueren por heridas de armas de fuego en Estados Unidos, y de éstas más de la mitad son suicidios. Pero hay formas de hacer cantar los datos como mejores aproximaciones al asunto, y Auster recurre a todas: hay cien asesinatos diarios los cuales producen doscientos heridos, cuarenta mil llamadas al año a ambulancias y a urgencias. Actualmente hay 393 millones de armas de fuego en poder de los residentes de Estados Unidos: más que una para cada hombre, mujer y niño de todo el país. Más de la mitad de los suicidios por año son por armas de fuego. Las matanzas solo constituyen una pequeña fracción de las muertes por armas de fuego, “pero ocurren, sin embargo, con pasmosa frecuencia, aproximadamente una al día, en el curso de cualquier año determinado”, aunque la prensa nacional solo cubra un pequeño número de matanzas.
Un círculo vicioso en “el país más violento del mundo occidental”
El asunto está enraizado en la cultura y no hay muchas maneras de afrontarlo. En este sentido el ensayo es bien desesperanzador y al terminar la lectura quedamos igual que como la empezamos. Entre quienes defienden el uso de armas y quienes se oponen: “El punto muerto es amargo y feroz en su animosidad mutua, tanto que en los últimos años ambos bandos se han alejado mucho de lo que parece una simple oposición a la postura del otro: cada uno habla en un lenguaje diferente”.
Sus anécdotas y razonamientos siempre lúcidos, salvan sobradamente esta lectura. Está su paso por la marina mercante, donde conoció de cerca a un psicópata asesino, o su descripción de las similitudes entre los automóviles y las armas en el imaginario norteamericano: “Automóviles y armas de fuego son dos pilares de nuestra mitología nacional más profunda, porque el coche y la pistola o el fusil representan cada uno por su cuenta una idea de libertad y autonomía individual, las formas más emocionantes de autoexpresión que disponemos: atrévete a pisar a fondo el acelerador y de pronto estás circulando a una velocidad de ciento cuarenta kilómetros por hora; flexiona el dedo índice en torno al gatillo de tu Glock o de tu AR-15 y el mundo es tuyo. Tampoco nos cansamos de ver esas cosas ni de pensar en ellas”. Pero los autos son una necesidad en la vida, concluye, las armas no.
Algo se logra entender cuando estas se utilizan por una venganza, como el caso de su abuela, “imperdonable sí, pero no incomprensible”, sostiene. Tampoco le parece inexplicable el asesino a sueldo. “Lo que no comprendemos es la arbitrariedad de los asesinatos al azar”. Ni se sabe cómo detenerlos ni se comprende qué los motiva, de ahí que Auster dé ejemplos con un lenguaje propio de un informe forense y no ahonde más allá de los acontecimientos.
Y tal vez un poema exponga mejor esta locura —en que los tiroteos en Nueva York, su ciudad, se incrementaron en un año en un setenta y tres por ciento—, como el de un amigo que cita al final: “Vamos a la iglesia a disparar/ Vamos al cine a disparar/ Vamos al festival de música/ Vamos al supermercado/ Vamos al colegio/ Vamos al acuario a disparar el cristal”. El autor dice no perder la fe, pero al lector le queda la certeza de que no hay solución.

Ficha: Un país bañado en sangre. Paul Auster y Spencer Ostrander. 2023, Seix Barral. 192 páginas. Dónde comprar

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