Hombre, rayo, felpa, sed
Luis Alberto Spinetta,
Por, 1973
Hay discos que parecen ser un disco pero son otra cosa.
Desde la portada, Artaud era una flor rara. Algo de otro mundo que aparecía de una manera atípica y de pronto terminaba ahí sobre la mesa como un lagarto verde. Un disco que no entraba en ninguna batea de disquería, ni anaquel o discoteca privada donde el resto de las portadas obedecían al mismo formato inalterable del cuadrado de 32 x 32 centímetros que aguardaban en su lugar para que les quitaras la funda en algún momento para ser escuchados. Pero Artaud no. No era eso, nunca lo fue. Desobedecía las reglas, desde ese formato atípico: un octógono irregular y puntiagudo que parecía un ovni, un animal desconocido que no se iría a quedar quieto en ninguna jaula.
Un disco que es una contraseña, la palabra mágica de Alí Babá, una llave para entrar al otro lado, un comodín que sacas cuando te quedan pocas cartas en la mano, el dado que te permite avanzar diez casilleros, un regalo que llega y no sabías que lo estabas esperando muy así de tanto.
Es una piedra de agua, un trozo de esmeralda que forma parte de un collar más grande, un jarrón de jade, un fragmento perdido del santo grial, una hoja más del árbol del Paraíso que mueve su follaje al viento, un corazón de espejos. Un disco que es el reflejo en el cielo de un alma de diamante.
Hay discos que parecen ser un disco pero son otra cosa.
Se trata de discos que no saben de un mañana. Ni de ayer. Desconocen si será cierto que todo tiempo pasado fue mejor o si lo será el futuro. Se mantienen ajenos, o no les interesa tanto. Deambulan por otro sendero, que nada tiene que ver con las horas ni los días. Discos inoxidables que se elevan por encima de lo circunstancial y el contexto inmediato. Poco importa si una batería, un sintetizador o un efecto de guitarra quedó antiguo pues sonaba de determinada manera entonces, y pertenecía a cierta expresividad característica de una época que ahora no. Son inmunes a la moda de las edades y permanecen intactos como una chaqueta de buen paño que tiene un corte perfecto. Se trata de discos que si los lanzas al aire desde cualquier altura caen siempre de la manera correcta. Se cuentan con los dedos de la mano, pero todos sabemos cuáles son, más allá de pequeñas variaciones y un eventual ranking de los mejores discos del año, de la década o del siglo. En cualquier clasificación que se haga, con matices y niveles diferentes donde hay discos buenos, discos más que buenos, grandes discos y discos memorables, luego hay otra categoría donde están los que son intocables, impenetrables, incombustibles, indescifrables. En gran medida porque permanecen inalterables a través del tiempo, pero también debido exactamente a lo contrario: porque mutan cada vez. En cada escucha se transforman, se convierten en otros, como sucede cuando miras a un ser amado, que es siempre igual, pero descubres gestos nuevos cada día, donde no deja de ser lo que era pero a menudo suma algo nuevo, inesperado, a eso que ya conocías. Y eso hace que te enamores más todavía. Canciones que por más que las sepas de memoria, vuelven a ser escuchadas un día cualquiera como si nunca las hubieras oído antes. Descubres una línea que se te había pasado de largo y te sorprendes. Encuentras otro sentido a lo que creías haber entendido completamente tantas veces. Percibes una armonía escondida allí donde no habías reparado y existía más, mucho más escondido. Atas unos cabos sueltos donde te parecía que ya estaba todo dicho. Te emocionas desde otro lugar, con una canción que ya lo había logrado una y otra vez, diez, veinte millones de veces, e ignoras cómo eso puede estar sucediendo nuevamente. Te sorprende que esa sensación sea infinita y se renueve. Repasas la cinta de Moebius tratando de encontrar donde está el truco, en qué momento la cinta que estaba del lado de arriba ahora está en la parte de abajo, y viceversa, hasta que luego ya no te importa. Entraste en otro trance que es mucho más interesante, más ancho, más alto, más luminoso, más en un plan donde no te importa entenderlo por la razón y te abres a otro lugar relajadamente, sin la necesidad o intención de tener que explicar nada a nadie. Ni a ti mismo. Y lo mejor es lo siguiente: sabes que esa vez no será la última ni la definitiva. La próxima oportunidad en que escuches esa misma canción que ahora te emociona de una manera que antes no, te sucederá otra cosa. Y si no es la próxima, quizá la que viene, o dentro de diez veces más. Aparecerá algo nuevo una vez más, otra emoción que espera allí, encapsulada, aguardando salir y tomarte por entero, como cuando te parecía que no había nada en el horizonte y de pronto, de un momento a otro, percibes en un instante a todos los tigres en la lluvia.
Abriste la piel,
creíste en todo lo que te di
La selección de los discos que te llevarías a la isla desierta es variable de una persona a otra. Puede haber algún tronco común, y luego el dial fino es cambiante según los gustos y las épocas. Será más metalero o bucólico, con mayores dosis de neurosis o alegría, más ruido o intimidad acústica, más caos y desorden o samba en una nota sola. Eso se sabe. Pero hay otra lista, de los que no se parecen a nada, la imposible. La que pertenece a otra dimensión, y es algo que también lo sabemos todos. El álbum blanco de los Beatles, por ejemplo, y no digo Sgt. Pepper porque al ser una obra maestra, es medible, mensurable, puedes explicar las razones de alguna manera en su genialidad. Entonces eso —la posibilidad de un análisis— lo separa, lo hace real, clasificable en su excepcionalidad. El álbum blanco no. Es una cachetada de belleza y luego otra, junto a un abrazo increíblemente cálido, y luego tres besos, un grito, un montón de barro, un jarrón con flores, tres perlas en un plato, y así va. La lista de esos discos podría seguir con Between the Buttons, de los Stones; Hejira, de Joni Mitchell; Blood on the Tracks, de Dylan; Tapestry, de Carole King; el primero de los Bee Gees, cuando recién llegaron de Australia a Londres; JT, de James Taylor; Harvest, de Neil Young; Artaud, de Pescado Rabioso.
Discos diferentes, que por alguna razón brillan con otra luz.
No son de este mundo. Pero lo convierten —a este mundo que era mucho más pobre antes de su presencia— en un sitio más habitable, muchísimo más bello. Un sitio donde el aire circula, y no queda estancado siempre en el mismo lugar. Los pulmones se te hacen gigantes. Con la certera sensación que a veces existe un divino presagio. Solamente hay que celebrarlo, dejarse tomar por la maravilla. Y entonces la lluvia dirá.
Dice Antonin Artaud: “Es grave advertir que después del orden de este mundo hay otro orden. ¿Cuál es? No lo sabemos. El número y el orden de las suposiciones posibles en ese ámbito es justamente ¡el infinito! ¿Y qué es el infinito? No lo sabemos con precisión. Es una palabra de la que nos servimos para indicar la apertura de nuestra conciencia a la posibilidad desmesurada, inagotable y desmesurada”.
Cuando está todo inventado y nada sirve, hay que imaginar otra cosa. Crear un mundo nuevo. Un lenguaje que tenga otros signos y se entienda desde un lugar diferente. Con otras palabras, otro amor, otra tristeza. Una nueva lírica de la ilusión o el desconsuelo. Un mundo que hable desde el interior y no desde afuera. Un planeta con un sol verde. Un cuadrilátero de ocho lados. Algo que no entre en ningún anaquel. Y no sepas qué hacer con él. Hasta que pase a ser tu corazón. Tu luz. Tu nueva forma de encender los días y las cosas todas. Tu nueva forma de entender los días y las cosas todas.
Un disco verde que no es solamente un disco. Un disco verde que es un mandala, un prado, un koan. Un disco verde que es un mantra. Una contraseña para el lado de allá. Un disco verde que es un jardín. Con todo lo que uno quiera ponerle a la palabra jardín. Y llenarlo de plantas con la inmensidad de verdes, todos ellos diferentes. Esmeralda, jade, hierba, ciprés, madreselva, peteribí. Campos verdes de mi tierra natal. Un amor de primavera que anda dando vueltas. Con flores de colores que todavía no se han inventado pero esperan ser descubiertas. Flores que dan y reciben el polen de una infinita banda de abejas que vuelan, revolotean y dibujan eso que ves el cielo, antes de llevarle todo a la abeja reina.
Ya nada puedo hacer por él.

Ficha: Vámonos de aquí: leves instrucciones para navegar en Artaud. Fidel Sclavo. 2023, Vademécum. 126 páginas. Dónde comprar

Deja un comentario