“Oe’ machucao, no vei que hay mujeres al lado de ustedes, agilaos chuchetumares más respeto con las minas cabros no sean giles”.
Camino hacia Pío Nono, al frente del cerro San Cristóbal y el Zoológico Metropolitano se encuentra La Facultad, la jungla casi de cemento donde estamos todos los que escapamos del encierro.
Libres somos en esa disco, donde están ya instalados los pacos dando sus rondas como toda la semana en Bellavista. No me acuerdo qué número es, de las tantas que he visitado este lugar, pero sí sé que es la primera vez que veo a uno de los artistas que marcó mi vida. Sí, ese es El Jordan 23.
La mayoría de las personas alrededor cree que se viene un robo masivo por la vestimenta que trae el gran porcentaje de los visitantes, por andar con sus pantalones rajados, con grandes cadenas, su gorro Jordan, llevan pasamontañas, guantes, se comenta afuera en la fila: son puros cumas puros flaites drogadictos, yo decía, los escucharan bien los cabros, habría problemas ya antes del show, y con los cabros solo venimos a disfrutar de nuestras canciones favoritas que día a día nos tiran arriba con escándalo, para dejar de centrarnos en nuestra realidad. Qué muerta y vacía la percibía en la grandiosa Bellavista.
Antes de entrar, uno ya hace hora para así no asomarse tan temprano. Los que andan cortos tienen que llegar antes de las once para entrar gratis, pero dentro del recinto tienes que hacer hora nuevamente para esperar al artista. En la Facu los artistas siempre salen alrededor de las 2:00 o 3:00 am, me hincha la vena esa weá, pero es un gran dato para el que quiere solo ver el recital. Las entradas están a cinco lukitas, accesible para todos nosotros los pelusones, y para más felicidad de los peligrosos patos feos, su buena piscola, bien fuerte mierda para matar su hora solo diciendo que está cabezona la weá, y entre eso no te das ni cuenta y ya falta poco para las dos.
Ya en la jungla moderna nos deja pasar mi amigo Alan, que se identifica por su chaleco antibalas de The Punisher, y hay que puro hacer la horita bailando hasta que avisan que llegó el artista.
Todos están entonados con alcohol y drogas, en su preferencia de los monicates tussi o sus pilitas o su buen whisky Jack Daniels. Como te ven, te tratan; persona que ves deambular dentro de La Facultad, no seas tan apático y bruto porque la gran mayoría está flotando y son débiles, pero eso no quiere decir que no se van a enredar contigo; mucho cuidado donde pisas, nunca bajes la mirada o serás presa fácil.
La puesta en escena es un escenario chiquito donde con suerte cabe el dj a un costado, al punto que quita un cuarto más o menos del escenario y, si el artista es alto, fácilmente se golpeará la cabeza.
Al frente hay unas rejas para que el público se separe un poco con el artista y no puedan subir. Igual los celulares de la gente están casi pegados al artista, que empieza cantando uno de los himnos de los cochachones, Anti rana y todos gritando a todo pulmón con el mazo por el haba los paso payaso charchazo y entre todo el griterío y alboroto ocurre algo que no me esperaba: un pleito cerca del escenario y El Jordan 23 para el show y dice: “oe’ machucao, no vei que hay mujeres al lado de ustedes, agilaos chuchetumares más respeto con las minas cabros no sean giles” y después a los malvekes peleadores los echan de la disco por jugosos, y el artista empieza a ofrecer whisky para el público y así olvidar lo acontecido. Uno bien fino era el Jack Daniels de miel, el favorito de este movimiento urbano. Afuera los monicates jugosos siguen con el escándalo a todo dar, sin parar, mientras suena Noche loca.
