Era 1994 y hacía frío. Estaba a los pies de la cama de mis papás, arropado con un chalequito de lana gruesa tejido por mi abuela, que emulaba al original de mi colegio, y encima una parka reversible azul marino/violeta. Ese día había despertado muy temprano debido a que la restricción vehicular del auto que teníamos regía a partir de las siete y media de la mañana, lo que me obligaba a madrugar para que mis papás alcanzaran a dejarme y luego seguir a sus trabajos. Era el primero en llegar al colegio y tenía que esperar tortuosamente más de una hora el inicio de clases, pero lo bueno es que esos días podía ver el inicio de transmisiones de Televisión Nacional, canal que desde las seis de la mañana emitía videoclips de variados estilos, antes del primer noticiero y el matinal.
Así me vi sumido en los vívidos colores e imágenes algo frenéticas de fondo y en ese coro repetitivo que decía algo sobre “girls” y “boys”. ¿Qué es esto? Tenía ocho años y me encontraba abandonando un tipo de niñez, hasta ese momento marcada por un fanatismo demencial por Michael Jackson. Mis receptores sensoriales ya habían crecido el mínimo requerido para empezar a interesarme por otros tipos de música, pudiendo discernir de modo algo más consciente si algo me gustaba o no. Blur me fascinó.
Tuvo que pasar un tiempo para meterme de verdad en el asunto. Casi tres años después de ese primer recuerdo, a principios de 1997, tuve la chance de escuchar un álbum completo. Fue The Great Escape (1995), el primer casete que tuve en mi vida. Ese disco incluía sencillos poderosos que expandieron el éxito de la banda más allá de Reino Unido y buena parte de mi generación entró en contacto con Blur por medio de esas canciones. Definitivamente me gustaban, incluso Country House, pero no fue hasta empezar a descubrir los recovecos de su música que esa experiencia se volvió determinante en mi formación como oyente y, posteriormente, como músico. Era de noche, muy tarde, tenía once años y una pequeña radio en mi pieza. De repente, floté sobre sensaciones imposibles de verbalizar, escuchando una y otra vez He Thought of Cars. La desembocadura de coros abatidos que solo decían “La, la, la”, envueltos en guitarras que oscilaban entre la delicadeza y la furia, me abstrajeron hacia un éxtasis totalmente nuevo para mí, hipnótico e inflexivo. Esa fue mi primera experiencia escuchando a Graham Coxon.
Detrás del uso de personajes, el humor y el sarcasmo que caracterizó a Blur para el gran público —o el “Blur de la avenida principal”, como lo denomina el propio Coxon—, la banda siempre se dio espacio para explorar su fragilidad, a través de melodías melancólicas y nocturnas, por momentos anémicas y, por supuesto, con la experimentación, un cauce que terminó ponderándose cada vez más en el sonido del grupo; en buena parte gracias a su guitarrista.
Si para algunos hacer música es un acto de guerra, la acción de plantarse desfachatadamente en el mundo desde una trinchera y decir “esta es mi voz y aquí están mis canciones”, a través de estas memorias escritas en pandemia, Coxon da cuenta de que su experiencia vital siempre estuvo marcada por la lucha consigo mismo. Aquí encontramos el testimonio de una persona que frente a una ominosa falta de autoestima y ansiedad —alimentadas por un alcoholismo del cual cuenta detalles— todavía trabaja para encontrar su voz y desarrollar toda su potencia.
A veces como un manual respecto de los cuidados a considerar en la “odisea” que para cada uno significa iniciar un camino en la música, Coxon describe su propio viaje y los monstruos que lo acompañaron a punta de dibujos, rastros de una interrumpida carrera de artista visual que devino en un ejercicio permanente por exorcizarse. Siendo testigo privilegiado respecto del surgimiento del britpop hasta su extinción, en este libro lo desmitifica y refiere al desolador vacío del éxito de un grupo de amigos que se propuso conquistar Reino Unido para, después de haberlo conseguido, perder el control de un proyecto irreconocible, convertido en un circo dirigido por ejecutivos de oficina. Un verdadero anticlímax que lo empujó hacia un abismo epifánico, aceptando dolorosamente que a pesar de haber alcanzado la cumbre “el cielo seguía estando demasiado alto”.
Es curioso, pero esa crisis fue un fértil (y urgente) llamado a la acción para un artista que, en medio de sus propios demonios, siempre buscó insaciablemente nuevas experiencias en torno a la música. Moldeado en su infancia por los gustos familiares que incluían a Pete Townshend, The Kinks o The Beatles y luego por Blondie, Buzzcocks o Wire, en este recorrido les rinde justicia a aquellas agrupaciones eclipsadas por el glamour desenfrenado y vulgar de la Cool Britannia. Lejos de sentirse cautivado por la creciente conexión entre la cultura del fútbol y la música alternativa, Coxon encontró cobijo en la escena punk y riot grrrl londinense, relacionándose de forma esencial con bandas como Huggy Bear, Skinned Teen y Lung Leg, entre otros proyectos que nunca quisieron vincularse con la tendencia del momento y que también le sirvieron como ventana para explorar qué estaba ocurriendo en EE.UU., particularmente en Washington D.C., a través de Nation of Ulysses, Rites of Spring o Fugazi. Es divertida la paradoja de que a partir de su “zambullido” hacia el otro lado del océano, el guitarrista principal de la banda que vio con pavor cómo la cultura norteamericana —por medio del grunge en particular— colonizaba el imaginario y los hábitos de consumo de la juventud británica terminó rendido ante propuestas como Sonic Youth, Pavement, Dinosaur Jr., Beck o Tortoise.
Coxon fue el músico más americano del britpop y el primero en ponerle la lápida a esa corriente de semántica magazinesca, precisamente como un grito de auxilio tras la borrachera del éxito alcanzado con la triada Modern Life is Rubbish (1993), Parklife (1994) y The Great Escape. Con una inseguridad enfermiza, tuvo el arrojo de pedir el volante prestado para reconducir el sonido de Blur hacia otro estadio, sin detenerse en los efectos que tendría el objetivo que se trazó en su cabeza: asustar a la gente. También habría hits, pero ya no revestidos en combos bailables, sino derechamente como su antítesis. En ese cambio de rumbo y en línea con la trayectoria musical de la banda, hubo espacio igualmente para la delicadeza de melodías frágiles y tristes; pero lo que antes parecían pequeños callejones ahora eran como anchas avenidas para exploraciones sónicas. Lo que se dejó ver en su álbum homónimo en canciones como Strange News from Another Star o Essex Dogs, terminó por explotarse en el posterior 13 (1999), un disco cuyo sonido responde a un collage de improvisaciones donde el despliegue creativo reposa principalmente en la guitarra; con sencillos influenciados de forma importante por una entonces incipiente (y descreída) veta compositora e incluso con espacio para desplegar sus propias pinturas.
Damon Albarn tiene un sitio ganado en el panteón del pop británico. Inquieto, versátil y prolífico son algunas de las virtudes que se le reconocen producto de sus múltiples proyectos, pero no deja de llamarme la atención el hecho de que Coxon sea una especie de negativo de lo mismo. Goza de atributos similares. La diferencia, probablemente, radica en que el primero no tuvo mayores problemas en hacer de su carrera una búsqueda por lo masivo, mientras este último nunca pareció cómodo ocupando ese lugar y mantiene sentimientos contradictorios en su relación con el éxito. Si Damon exploraría proyectos paralelos como Gorillaz —con toda la producción visual que implicó esa aventura—, Mali Music o The Good, The Bad & The Queen, Graham iniciaría una carrera en solitario a punta de “canciones de cama”. Su interés por lanzarse en solitario emerge precisamente para explorar con mayor profundidad esos callejones oscuros de Blur, sin el imperativo de cultivar un gran público. Desde entonces ha publicado once álbumes.
El primero fue The Sky is Too High, un trabajo que si bien prescinde de cualquier atisbo reconocible del “Blur de la avenida principal”, se sostiene en la calidez expresiva de sus guitarras, las que resultan familiares para cualquier seguidor de la banda. Coxon no tiene una gran voz, pero esta conversa en absoluta armonía con sus canciones. Afinada en sol abierto, That’s All I Wanna Do es un inicio arrollador, acaso una declaración de intenciones respecto de que en su dimensión solitaria haría lo que quería, ¡por fin! La fuerza demoledora de esa apertura se encuentra con canciones totalmente desnudas como Where’d You Go, In a Salty Sea o Waiting, donde se proyecta en un espacio tan íntimo como lúgubre. Amé tanto este disco cuando tenía dieciséis o diecisiete años y hasta el día de hoy me acompaña, a veces como un amigo añoso que te sigue en esos paseos de autorreconocimiento tras olvidarte quién eres. No solo este, sino los trabajos que inmediatamente lo sucedieron, en especial Crow Sit On Blood Tree, revelan su preciosa fragilidad y sensibilidad compositora. Canciones como Lake, sus tributos a Mission of Burma, All Has Gone, Too Uptight, Big Bird, Hurt Prone, A Place for Grief y la hermosa Bonfires, son todas pequeños tesoros publicadas al margen de la gran industria, editadas bajo su propio sello, Transcopic, y en paralelo a sus problemas con el alcohol que lo obligaron a dejar la formación de su banda originaria para la grabación de Think Tank (2003).
En un estado de renovada iluminación tras sus estancias en centros de rehabilitación, se introduce de lleno en el folk, experiencia reflejada en los álbumes The Kiss of Morning (2002) o The Spinning Top (2009), siendo este un nuevo viaje que terminó por cambiarle la piel de forma definitiva. Poco a poco dejaba de ser el exguitarrista de Blur y se volvía un rostro familiar dentro de los círculos del folk británico, cultivando amistad con próceres como Bert Jansch y Martin Carthy. Tal como ocurrió con las riot, tras un miedo inicial por ser rechazado como “alguien del britpop”, encontró rápidamente cobijo en este grupo de personas, quienes veían en él a un tipo virtuoso capaz de mantener vivas las viejas tradiciones. Siempre inquieto, ese interés lo zambulló en músicas de origen medieval en cuyas minucias profundiza en este libro con la pasión de un niño demasiado interesado por demasiadas cosas. Tampoco se ahorra detalles al detenerse en su propia crisis de mediana edad, que lo tuvo viviendo un periodo en los campos de Kent, en medio de la nada, como un motociclista vintage y asiduo a un bar sacado de una fantasía, donde, siendo un perfecto desconocido, animaba con su guitarra al resto a cantar canciones a la carta.
El viaje de Coxon, por un lado, es el de un músico que conoció demasiado bien los excesos de los noventa y sobrevivió para contarlo con una franqueza conmovedora. Pero también el de un tipo como cualquiera, que, habiendo alcanzado grandes glorias, está marcado por una larga lista de fracasos personales y que, tras medio siglo de vida, sigue luchando seriamente por aceptarse, cuestión que, a la luz de la enorme cantidad de fatídicas experiencias, es un asunto que nos obliga a adoptar una actitud de escucha (o lectura) silenciosa y de respeto. Sin embargo, considerando el propio camino de sanación que inició el músico, probablemente ya está en condiciones de reconocer algunas cuestiones que pudieron parecerle inconfesables en su momento, como su condición de genio. Porque con una impronta maravillosamente singular en la guitarra —de melodías entrañables a riffs inmortales—, ha podido trascender entre quienes hemos visto con admiración su soltura sónica, moviéndose con libertad entre las viejas tradiciones y el ruido. Coxon se ganó ya no solo el derecho de vivir —como diría Kevin Shields, uno de sus héroes en su época universitaria—, sino un boleto al cielo y, quién sabe, su propio sitio en el panteón (aunque no le interese).

Ficha: Estrofa, coro, ¡monstruo! Graham Coxon. 2023, Club de Fans. 272 páginas. Dónde comprar

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