Hace un par de días posteé por redes sociales que tu partida se asemeja a la partida de un familiar ya mayor y no menos querido, que te deja con una sensación de orfandad. Tú sabes que la cumbia llegó a mi vida tarde, pues me tocó una etapa de formación muy gris con mis padres. En dictadura, ellos estaban tan deprimidos que no iban a fiestas, menos las organizaban y no solían bailar. Creo que esas dinámicas fiesteras eran usuales en ellos antes de tener yo memoria alguna. Por lo mismo, me tocaron de niña momentos de fiesta melancólicos. Asimismo, si bien había un culto por la música en mi hogar de infancia, primaba la música protesta (a lo más, oía guarachas de todo tipo, cubanas mas que nada y de Carlos Puebla para ser específicos), también el folklore y el rock clásico o progresivo. No había espacio para la música popular. Mi fascinación por la música popular que empezó a gestarse desde muy niña era gracias a la radio Cooperativa, en donde se transmitían las noticias, a caballo con la proliferación de canciones de todo tipo. En esa instancia surgió mi culto por la música “de cocina”. Sin embargo, en los ochentas no se audicionaban cumbias en estas estaciones de radio, al menos en día y horario hábil. Querido Tommy: mi fascinación por la música bailable latina se dio a mis 10 u 11 años, cuando, cuasi augurando la llegada de la democracia, llegó a casa de mis padres para quedarse un maravilloso disco de Rubén Blades y los Seis del Solar, llamado “Buscando América”. A posteriori, ya en la Universidad, tampoco hubo un espacio claro para oírte en plenitud, porque me sumí en una mezcla de nihilismo extremo con ese intelectualismo introspectivo, propio de las juventudes universitarias humanistas un tanto descolgadas. En ese contexto había que hablar en difícil y oír música adhoc (clásica, antigua, arcana, docta, ópera) o, a lo más, rock. El rock siempre lo bailé, Tommy, siempre. Y en ese baile, descubrí un punto en común con la cumbia chilena: no hay reglas, no hay una coreografía, solo debe sentirse y se hace lo que se puede con las partes de tu cuerpo. Un hito clave en mi vida, ya casi al fin de mi periplo del pregrado, fue cuando mi maestro en la asignatura de Estética, Federico Schopf, me comentó que de nada valía manejarse con las reflexiones de Kant, con las Cartas sobre la educación estética del hombre de Schiller, con las propuestas histórico-filosóficas de Hegel, si no se toma en cuenta la propia realidad, el contexto. Allí empezó el fin del nihilismo, el paulatino contacto con la realidad y, en ello, la llegada de lo que siempre había estado allí, como tu música, Tommy. Llegó para quedarse la cumbia chilena, y tu voz se instaló con muchos usos y modos chilenos. Mas que mas, eras parte del habitus antes de percatarme yo de ello. A diferencia de la complejidad maravillosa de otras musicalidades del continente, que requieren de un conocimiento y un aprendizaje de la danza, la cumbia chilena, una vez más a la par con la historia del territorio, nuestro territorio, austral, aislado, humilde, sencillo, es muy para todos. Todos pueden bailar la cumbia chilena y no necesariamente se hace en pareja. Como en el rock te puedes instalar en círculos tribales y haces lo que te da la gana o puedes bailar solo y entrar en meditaciones profundas bailando, tarareando. Eso me hizo amar profundamente la cumbia chilena: material reapropiado, reciclado y adaptado desde Colombia y Venezuela, a principios de los sesentas, por uno de los Palacios, en cuya banda también cantaste, Tommy. Fue tan fuerte mi historia de amor con la cumbia chilena que a principios de los dosmiles, cuando la telefonía movil se iba refinando y ya se podía seleccionar la melodía que sonara si alguien te llamaba, usé por años “El galeón español” como ringtone. Hay que hacer la salvedad de que esta letra, maravilla discursiva crítica y delicada, autoría de una megabanda latina, los Wawancó, canta al fin del colonialismo peninsular. Era tanta mi devoción, entre otras melodías, por esa cumbia, que por allá por el año 2003, cuando en la Radio Horizonte –estación zorrona que educó mucho en torno al indie y al nuevo rock, creo que dirigida por uno de los García Reyes, de seguro que un hijo– me entrevistó mi querida amiga Bernardita Bolumburu, menté esta cumbia generando, sospecho, algo de ruido. Bernardita trabajaba allí y fue la creadora de un segmento llamado “Test de Ockham”, en honor al fraile-filósofo inglés. Lo interesante de la entrevista es que las respuestas a las preguntas de Bolumburu debían ser una canción. Ante la pregunta de qué entendía yo por felicidad, no dudé en enunciar “El galeón español”, a lo que la emisora hipster tuvo que poner al aire la cumbia cantada por ti, Tommy. Recuerdo que no la tenían a mano y la consiguieron en la Radio Corazón. Recuerdo también los rostros del equipo de la radio ante mi respuesta, que era claramente un acto desenfadado para instalarte en espacios otros y celebrarte, Tommy. Que formabas parte del habitus chileno también lo comprobé cuando al año siguiente grabaste la versión de 31 Minutos, otra joya textual que no solo es para niños, Tommy, bien lo sabes, porque los chilenos somos todos unos críos. Otro ethos chilensis en el que estás incrustado es en la profunda melancolía al iniciar el año. En esa instancia inauguras con tu voz ese corte temporal y cantas la letra del coquimbano Gallardo Pavéz “Un año más”. La maravilla en el dolor y orfandad de tu partida, es que nos quedará tu registro musical que te evocará, te agradecerá y te tendrá presente siempre, querido Tommy.

Carta de despedida a Tommy Rey
El último adiós a quien encarnó acaso la voz de la fiesta chilena.
Deja un comentario