Carlo Ginzburg: toda verdadera historia es historia comparada

Una amplia variedad de temas son los tratados en los ensayos del último libro del historiador italiano Carlo Ginzburg. Desde una versión de la microhistoria, con una nueva perspectiva, analiza distintos casos sobre personajes (algunos famosos, otros, no), algún texto, alguna imagen o algún asunto. Y hay recurrencias, que el reseñista indaga.

La letra mata, escribe Pablo de Tarso. La letra mata a quienes la ignoran, replica Carlo Ginzburg.

En una síntesis extrema y brutal, este parece ser el significado del último libro de Carlo Ginzburg, La letra mata.

Se trata de un libro muy denso, muy culto y apasionante. Catorce capítulos, dos de los cuales son inéditos, que, en la vasta producción de este historiador, recuerdan, en cuanto a ambientación y estructura, a títulos como Ojazos de madera o, también, El hilo y las huellas.

Los temas abordados son aparentemente heterogéneos, desde San Agustín hasta Garcilaso de la Vega, desde Giovanni Gentile hasta Montaigne, pasando por Maquiavelo, Miguel Ángel, el padre Matteo Ricci y Ernesto De Martino, entre muchos otros. Resumir el texto, por lo tanto, parece, a primera vista, algo muy difícil.

Pero, más allá de la congerie (en un sentido noblemente retórico) de nombres y datos, hay algunos pocos elementos recurrentes, algunas constantes que, nos atrevemos a decir, casi rozan la obsesión. Entonces el resumen del libro parece bastante factible. Vamos a intentarlo.

Se trata de experimentos mentales, o ejercicios, como los llama varias veces el autor, y todos conllevan, o “implican”, otra de sus preferencias léxicas, reflexiones de método. (Gianfranco Contini nunca es mencionado en este libro, pero sí en otros del autor, El hilo y las huellas o Ninguna isla es una isla, por ejemplo —y quién sabe si la palabra “ejercicio” y la concomitante palabra “implicaciones” no están aquí para denunciar una posible ascendencia continiana— ejercicios de lectura, implicaciones leopardianas, etc… Cuando luego, respecto de Marc Bloch, se precisa que “un análisis de las variantes… permite entender cómo trabajaba”, me viene irresistiblemente a la memoria el famoso “Cómo trabajaba Ariosto”).

Pero vayamos en orden.

Empecemos por el tercer ensayo, que da título al libro.

En la Segunda Carta a los Corintios Pablo afirma que “la letra mata, el espíritu da vida”. Contrapone aquí un nuevo pacto, una Nueva Alianza entre Dios y los hombres, basada no en la letra, sino en el espíritu, y esto en una perspectiva mesiánica. Pero una vez que el impulso mesiánico desapareció o se atenuó, este contraste permaneció en su apogeo como un simple principio exegético.

Fue especialmente promovido por Agustín. A él le debemos principalmente una lectura alegórica de la Sagrada Escritura. Sin embargo, el propio Agustín, junto con este tipo de interpretación mística, defiende una lectura literal de ciertos pasajes bíblicos. En el tratado De doctrina christiana, él sostiene que, por ejemplo, la poligamia de los patriarcas debe ser contextualizada en el período que le es propio y así comprendida y no condenada a priori. Para el retórico (lo que era Agustín por formación) lo que importa es el aptum (en griego el prèpon), “lo que es apropiado”. Apropiado para una época del mismo modo que puede serlo para un determinado tipo de público. Así como no existe un buen estilo para todos los usos, sino un estilo apropiado a la ocasión y a un tipo específico de público, tampoco hay costumbres que sean absolutamente correctas o absolutamente incorrectas, sean adecuadas para una época o no. Como recordó el propio Ginzburg en otra ocasión: hay que juzgar secundum quid y no simpliciter.

El rey Salomón y sus esposas

Esto ciertamente no significa que Agustín caiga en el relativismo ético, como los integrantes de la Academia griega a la manera de Carneades. No, no. Sino que sólo evalúa la letra del texto en su justo peso, teniendo en cuenta ciertos factores cronológicos, que luego, secularizados, pasarán a ser “históricos”.

Lorenzo Valla, mil años después de Agustín, no actuará de manera muy diferente. Analizando la carta de la Donación de Constantino, cuestionando el uso absolutamente anacrónico del término “diadema” que se hace en ese documento (“corona de oro o de plata” y no, como debería, “banda de tela o de seda”), deducirá indiscutiblemente la falsedad del documento.

Cuando Valla, en el mismo escrito contra la Donación de Constantino, alude crípticamente al hecho de que Moisés no puede ser el autor del Deuteronomio, ya que allí también está registrada su muerte, va aún más lejos por este camino.

El reformador radical Carlostadio no solamente aludirá a esta inadmisible inconsistencia, sino que escribirá abiertamente que Moisés no pudo haber escrito el Deuteronomio, precisamente porque termina con la mención de su propia muerte.

En el Tratado teológico-político, Spinoza finalmente rechazó la Biblia como texto sagrado, pero esto ya había sido posible gracias al rechazo de Moisés como autor del Pentateuco.

La destrucción del carácter sagrado de la Biblia también implicó la extensión de los métodos de lectura de la Biblia misma a libros no sagrados. La hermenéutica teológico-religiosa inspiró la crítica literaria. Como lo demuestra el caso de la estilística de Leo Spitzer, heredero del círculo hermenéutico de Schleiermacher.

Existe, sin embargo, una tensión entre la interpretación literal y la figurativa que atraviesa toda la cultura occidental (por lo que vale la pena ver también el capítulo séptimo de Ojazos de madera: “Distancia y perspectiva”), que es también una tensión entre el judaísmo y el cristianismo. Este último, concibiéndose como verus Israel, se sentirá superior al judaísmo, ya que completa y al mismo tiempo supera la interpretación judía de los textos sagrados (así como el Nuevo Testamento completa y supera al Antiguo): la Aufhebung hegeliana tiene aquí su raíz teológica. Otro caso, y cuán decisivo, de secularización.

Ahora, partiendo nuevamente de este tercer ensayo del libro, me propongo realizar un experimento, según un método seguido por Ginzburg.

El método es el recomendado por Eric Auerbach al final de Mimesis: aislar los Ansatzpunkte vinculados a detalles concretos, que permitan reconstruir el proceso global de manera inductiva. Ginzburg apela a él tres veces en el volumen. El término alemán Ansatzpunkte se traduce dos veces como “puntos de partida” y una vez como “puntos de conexión”. Este mismo método se recuerda también en El hilo y las huellas (“a través de un pasaje tomado al azar… se llega a una comprensión más profunda del conjunto”). Me parece bastante evidente hasta qué punto esta sugerencia auerbachiana es consistente con el famoso “paradigma circunstancial” de “Indicios”, el famoso ensayo de 1979, aunque Auerbach, si lo he revisado bien, nunca es citado allí.

En un momento de La letra mata se menciona la acusación de criptojudaísmo lanzada contra un exégeta bíblico, Pablo de Santa María, que no era otro que el judío converso Shlomo ha-Levi, cuyo comentario tal vez utilizó Lorenzo Valla.

Ahora bien, la palabra en cuestión, criptojudaísmo, nos lleva directamente al ensayo “El secreto de Montaigne”, el décimo de la presente colección. Porque precisamente este, según Ginzburg, sería, o es, el secreto del gran filósofo francés. Él, descendiente por línea materna de judíos españoles conversos, casi nunca menciona a Cristo en sus Ensayos y, paradójicamente, en la Apología de Ramón Sibiuda, se muestra muy escéptico ante el orgullo del hombre, esta criatura tan frágil, calamitosa y, al mismo tiempo, a tal punto vanidosa como para creerse el centro de la Creación. El poder ennoblecedor de la encarnación parece muy alejado de estas páginas.

Pero Montaigne no pudo declarar tan abiertamente sus dudas sobre la figura de Cristo. Tenía que escribir entre líneas, de forma oblicua. Del mismo modo que, siglos más tarde, enseñaría Leo Strauss, el de La persecución y el arte de escribir (y quien es también una presencia constante de este volumen, citado cuatro veces en el cuerpo del texto. El propio Ginzburg ha sido definido, quién sabe con cuánta razón, como un “straussiano”).

El filósofo francés confiará a una fecha, primero suprimida y luego reintroducida por su propia mano en la llamada edición de Burdeos, su mensaje cifrado. La fecha es el 1 de marzo de 1580. La misma en que cae la festividad judía de Purim, aquella en la que, no por casualidad, la gente se disfraza.

Tomemos ahora otro Ansatzpunkt o “punto de unión”, nuevamente del ensayo “La letra mata”.

Esta vez se trata de un nombre, el de Peter Brown.

Con una actitud juvenilmente polémica, Ginzburg discrepa de modo total con este famoso especialista en Agustín y el mundo antiguo tardío. El pasado pagano del célebre santo no se ha borrado en absoluto, como le gustaría a Brown. Este continúa actuando. Una formación retórica tan extendida no puede olvidarse de un día para otro.

Lo que nos hace saltar a otra página, en el ensayo “Dar forma al pueblo”. Aquí es otro monstruo sagrado el que es atacado por Ginzburg. Se trata nada menos que de Edgard Wind. Este eminente estudioso había afirmado que Maquiavelo había permanecido “indiferente a las artes visuales”. El nuestro, en cambio, apoya la tesis opuesta.

Las conversaciones entre Maquiavelo y Miguel Ángel, que se conocían, aunque no se conservan, parecen haber dejado huellas consistentes en una de las obras maestras escultóricas del segundo, a saber, el monumento funerario de Lorenzo de’ Medici, a quien está dedicado, no casualmente, El Príncipe.

Para el teórico político, en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, era necesario dar forma al pueblo como un escultor da forma al mármol.

Por su parte, Miguel Ángel, en un enigmático animal, reproducido en un pequeño bloque de mármol colocado bajo el antebrazo de la estatua de Lorenzo, parece haber fusionado el zorro y el león, “la zorra y el león”, del capítulo XVIII de El Príncipe, símbolos de la fuerza y ​​astucia que el príncipe debe poseer al mismo tiempo.

Mussolini, varios siglos después, recordará el pasaje de Maquiavelo: “dominar la masa como un artista” (dice en 1932), este es el objetivo del Duce. Evidente estetización de la política, comentaría Walter Benjamin, unos años más tarde.

Este nombre es citado también por Ginzburg en relación con la séptima de las Tesis sobre el concepto de historia. La que terminaba así: “Él [el materialista histórico] mira como tarea suya la de cepillar la historia a contrapelo”. Y este es el método que también sigue Ginzbug. Ver aquí, así como en el subtítulo del segundo ensayo, “Revelaciones involuntarias”: “Leer la historia a contrapelo”, también en el cuerpo de ensayos “Nuestras palabras y las de otros”: «leer las fuentes medievales a contrapelo», y “Microhistoria e historia del mundo: “Las palabras de Tácito pueden leerse a contraluz».

Pero ya uno de los maestros pisanos de Ginzburg, Delio Cantimori, entrenó a sus alumnos en la “lectura lenta y entre líneas” (Prefacio). Cuando, en 2010, Ginzburg recibió el premio Balzan, tuvo la oportunidad de recordar que otro de sus maestros, Arnaldo Frugoni, le había enseñado que “las fuentes se leen a contraluz”.

Otro de los nombres recurrentes en estas páginas es el del lingüista, antropólogo y misionero protestante estadounidense Kenneth L. Pike.

En una obra que se remonta a más de cincuenta años, Language in Relation to a Unified Theory of the Structure of the Human Behaviour, contrapone dos niveles de análisis, el del observador y el del actor. Los denomina “etic” (de “phonetics”, fonética) y “emic” (de “phonemics”, fonémica).

El observador tiene sus categorías que no puede ni debe superponer a las de los actores. La tendencia de la investigación debe ser partir de preguntas del nivel “etic”, para llegar a respuestas del nivel “emic”.

Es decir, debemos evitar no sólo los anacronismos, sino también lo que Ginzburg llama la “ventriloquia» de los historiadores, sus identificaciones indebidas, basadas en un concepto mal entendido de la empatía.

Esto es, para ser claros, lo que Robin George Collingwood, en la década de 1930, sobre la base del actualismo puro de Giovanni Gentile, llamó “re-enactment”, traducido aquí provisoriamente como “representificación” (en “Microhistoria e historia del mundo”).

Y tal vez fuera oportuno recordar que Malinowski, el antropólogo teórico de la adhesión “al punto de vista del indígena”, causó gran revuelo hace algunas décadas cuando en sus diarios ciertas expresiones claramente racistas contra los habitantes de las islas Trobriand fueron dadas a conocer (los “negros”). Ver Ninguna isla es una isla.

Incidentalmente, observamos luego que también en este volumen se reitera que el concepto de “microhistoria” no se refiere a las dimensiones, reales o simbólicas, del fenómeno estudiado, sino, sobre todo, a la analiticidad de la mirada, filtrada por el microscopio (“Nuestras palabras y las de otros”).

Según Ginzburg, a la luz de las categorías de Pike, el historiador es un traductor. También porque la interpretación es traducción (incluso del momento “etic” al “emic”, y viceversa).

Esto se reitera varias veces: “Los estudiosos de la historia traducen el lenguaje de otras culturas y sociedades a un lenguaje propio”. “La relación etic/emic puede entenderse como un ejercicio de traducción”. Y, sobre todo, “la traducción es un proceso sin fin”.

No sé cuánto deben estas tesis a las expresadas por George Steiner, en Después de Babel, donde el acto de la traducción se identifica tout court con el de la comprensión, pero sé que otro de los objetivos polémicos de Ginzburg en este libro está representado por el fundamental Dictionnaire des intraduisibles. Específicamente donde Barbara Cassin descarta la homofonía como un fenómeno marginal.

Nuestro autor, en cambio, basándose en algunas observaciones muy agudas de Garcilaso de la Vega —el primer “mestizo” de la literatura española (1539-1616), de padre español y madre inca— sobre diferentes pronunciaciones de la misma palabra quechua «huaca», que dio lugar a significados muy diferentes, incomprendidos por los colonizadores españoles, entrega consideraciones muy interesantes, no tanto relativas al evidente contraste entre cultura oral y cultura escrita, sino más bien al papel que los antiguos gramáticos griegos y latinos (y las gramáticas de los misioneros) tuvieron para las reflexiones de Garcilaso de la Vega sobre el alfabeto, y sus implicaciones. Una vez más está en juego la relación entre los dos niveles, “etic” y “emic”.

Toda verdadera historia es historia comparada, afirma Ginzburg, parafraseando el famoso teorema de Croce según el cual toda historia verdadera es historia contemporánea.

Otra sonda que se puede lanzar a través de las densas páginas de este libro es la del caso.

El “caso” se contempla aquí tanto en su sentido inglés de “case” como en el de “chance”; o, en alemán, “Kasus” y “Zufall”.

Por un lado, los estudios dedicados a casos específicos, como el de Garcilaso y otros, pretenden también iluminar aspectos generales (en este caso, las relaciones entre colonizadores y colonizados, y sus respectivas culturas). Pero, por otro lado, Ginzburg insiste precisamente en el caso como casualidad, entendido como azar o, mejor, “hasard”.

“Por mera casualidad”, así comienza el ensayo “Conversar con Orión”, que ilustra los resultados que se pueden encontrar al consultar aleatoriamente el catálogo electrónico de la Universidad de California. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el azar puro nunca es tan puro, ya que siempre partimos de ciertos supuestos, conocimientos previos, etc. que no se pueden ignorar.

Ginzburg recuerda luego el papel del azar en su descubrimiento de los Benandanti, chamanes friulanos de los siglos XVI y XVII, cuando, hace medio siglo, se encontraba en los Archivos Estatales de Venecia y, pudiendo quedarse allí solamente unos pocos días, decidió consultar tres sobres al azar cada día.

Cuando habla del “azar” en este sentido utiliza un verbo que me pareció muy significativo: “atrapar”.

“Con una primera lectura a estos textos, inmediatamente me sentí atrapado por ellos”; “Me había [esa posibilidad] atrapado y desde entonces no me ha abandonado”.

Incluso cuando, en el epílogo de 2019 a El queso y los gusanos, recuerda el encuentro con los documentos del proceso de Domenico Scandella (Menocchio), utiliza este mismo verbo: «Comencé a leerlos [los procesos microfilmados] y enseguida me quedé atrapado por ellos”.

Se trata de una auténtica fulguración: «atónito ante un documento», dice en “Nuestras palabras y las de otros”, refiriéndose a ciertos historiadores a los que luego compara con “una gallina” que primero da zarpazos aquí y allá, mirando a su alrededor, “antes de agarrar un gusano escondido bajo tierra”, con la esperanza de que “nadie se ofenda” por la atrevida comparación.

La experiencia del historiador es, por tanto, similar a una especie de posesión: es atrapado. Como por una fuerza misteriosa.

Y es repentino. “De repente” dice aquí sobre esos historiadores atónitos que se detiene ante un documento. Pero también ocurre “de golpe”, en referencia a un fragmento de un documento que luego se inserta en una serie mayor y adquiere así un significado más amplio, en “Aún sobre los ritos chinos”.

Pero en “Dar forma al pueblo” los términos utilizados son aún más elocuentes: “La chispa que encendió, hace ya muchos años, la investigación…”.

No sé si Ginzburg se refería aquí al adverbio platónico exaiphnes (“de golpe”, “de repente”), que, en el Banquete y en el Parménides, indica ese momento privilegiado y fulgurante en el que el sujeto tiene, o está atrapado por la visión corpórea de la idea. Pero tal vez no comparte el entusiasmo de Carlo Diano sobre el tema, sino más bien los sarcasmos de Pierre Vidal-Naquet sobre el “carácter demencial de estas exégesis” (El cazador negro).

He intentado dar, en la medida que me ha sido posible, un panorama de algunas de las muchas y muy interesantes cuestiones que aborda este libro.

Dejé de lado varias. Pero quiero concluir con el ensayo sobre Ernesto De Martino, “Hacia El fin del mundo”, sobre todo por sus implicaciones metodológicas.

Allí se sostiene que la conocida categoría de “crisis de presencia”, que está en el centro de la reflexión demartiniana, tenía una raíz autobiográfica, concretamente en la epilepsia sufrida por el etnólogo en sus años juveniles. Un concepto antropológico, por lo tanto, era el disfraz de una enfermedad. O, mejor dicho, no se puede pasar por alto la influencia de la vida privada en la elaboración de esta teoría decisiva.

Así como, en Relaciones de fuerza (aparecido en 2000), el caso del crítico relativista y posmodernista Paul De Man, teórico de la “duplicidad” y de la imposibilidad de desenredar verdad y ficción, también se remonta a su pasado, siempre mantenido en silencio, de nazi y antisemita. 

Tal como dice un apunte inédito del propio De Martino: toda historiografía es autobiografía.

La letra mata. Carlo Ginzburg (Trad. R. Gaune). 2024, FCE. 370 páginas.

Artículo aparecido originalmente en la revista Doppiozero 26-11-2021. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia




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