Porno y helado (un homenaje)

Una lección de cine y otro milagro televisivo argentino, con personajes entrañables pese a que nadie podría identificarse con ellos.

Hubo un momento en que la cultura pop adquirió conciencia de sí misma. Fue un momento a mediados de la década de los 90. Y ocurrió primero en el cine.

Inicialmente Richard Linklater inventó una tendencia de personajes hablando más que haciendo cosas. Alguna vez Alberto Fuguet llamó a esto slacker movies (“películas de vagos”, en una traducción literal), aunque el término más usado para referirse a esto es mumblecore (“cine de murmullos”). 

En esa tendencia, Quentin Tarantino incorporó —por ejemplo— un diálogo en una película en que se aborda la supuesta homosexualidad masculina como lectura posible de Top Gun. Kevin Smith, por su parte, hacía a sus personajes discutir sobre si era ético destruir la segunda Estrella de la Muerte por medio de la flota rebelde en El Regreso del Jedi, en condiciones en las que la Estrella de la Muerte estaba llena de obreros que no eran militares, sino población civil.

El cine se refería al mismo cine dentro del cine.

Es cierto que los mismos films, sobre todo estadounidenses, pero también los franceses, por ejemplo, ya venían trabajando con referencias desde películas del presente hacia los grandes hitos del pasado.

El cine de autor estadounidense de gente como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Woody Allen, en los 70, había abundado en homenajes a la era dorada de Hollywood, pero las referencias resultaban oscuras para la gran audiencia y a menudo requerían de estudios de lenguaje cinematográfico, como los mismos que cursaron estos directores al inicio de sus carreras como cineastas profesionalizados académicamente.

En los 90 todo era distinto: se disponía de una audiencia —la joven Generación X— que había contemplado y manejado al dedillo los blockbusters de gente como Steven Spielberg o George Lucas en los 80, que había discurrido temporadas completas siguiendo series como Lazos Familiares o Cheers y que disponía de colecciones de cómics de Marvel o DC, así como cajas con dados de múltiples caras y colores de Dungeons & Dragons, casetes con leyendas escritas a mano de The Cure o de The Wall, etcétera.

Y no solo en el ámbito anglo, sino que también en Chile. Así que los cineastas de nuevo cuño, como los propios Linklater, Tarantino o Smith, podían incorporar sin problemas metarreferencias o intertextos cinematográficos sin que el público quedara colgado. Y así empezaron a hacerlo.

Esta conciencia de la cultura pop sobre sí misma no solo está a la base de lo que Simon Reynolds más recientemente denominará “retromanía”, sino que de ejercicios de la cultura de masas (mainstream) como Los Simpson o 31 Minutos, también de novelas como Alta Fidelidad, La maravillosa vida breve de Óscar Wao o, sobre todo, Ready, Player One, y, por supuesto, de plataformas wiki como TV Tropes.

Entonces llegó Netflix.

Y los otros servicios de streaming. 

Y ellos, vía métodos de machine learning empezaron a ayudar a hacer cintas y series con un fanservice para las ya tres generaciones ñoñas (GenX, Millennial, GenZ) que manejan al dedillo las referencias pop.

Porno y Helado, la serie creada por Martín Piroyansky para Prime Video con su propia actuación como Pablo, acompañado de Ramón (Ignacio Saralegui) y Cecilia (Sofía Morandi) que trata de tres perdedores idiotas que se encuentran por casualidad ellos dos con ella en el Bar Oxford, una cantina de mala muerte habitada por taxistas y regentada por Grace (Gabriela Iribarren) —bar que bien podría hacer un reverso especular con el Central Perk de Friends o el McLaren’s Pub de How I Met Your Mother, pero que finalmente rememora a El Rey de la Media Porción de Nos habíamos amado tanto— y que de manera absolutamente absurda deciden armar una banda de “rock, pero no tan rock” compuesta por Ramón y Pablo y managereada por Ceci, podría ser una más de las seriales de, como decíamos, fanservice. Todo en ella hace guiños a la cultura contemporánea, desde los rollingas o la puerta secreta de Gravity Falls, hasta el DeLorean de Volver al Futuro o el closeup a la manilla del auto homenajeando a Los Puentes de Madison, pasando por los nombres sinsentido de las bandas indiepop actuales o los virales de TikTok, sin dejar de considerar las alusiones a lo políticamente correcto y a la mal llamada cultura woke, como en todas esas secuencias en que algún personaje dice algo cancelable y otro personaje, muchas veces terciario le tira una red flag, como cuando Pablo alardea de haberse agarrado siete minas (groupies) como roquero canchero o como cuando Ceci le dice a Segundo que ella está feliz de por fin tener un amigo gay.

Porno y Helado está lleno de capas y capas de referencias a películas, seriales, memes, la argentinidad —la radio de los taxistas como buena radio de taxistas argentinos es de un reaccionarismo extremo, los mismos taxistas juegan y juegan truco, está el souvenir de Mar del Plata—, la cultura latinoamericana como El Chavo del Ocho, los códigos millennial, como cuando Ceci le dice a Ramón que no puede contestarle a una pinche un mensaje hasta pasado el medio día, porque ese es el sistema —y cuando al fin se encuentra con su pinche ella ya es abuela, lo que hace un intertexto interno con la vida amorosa de Ramón a lo largo de la serie donde siempre se ve involucrado con mujeres muy mayores, como el personaje que interpreta Susana Giménez—, el gobierno de Milei —el episodio de la tormenta de la segunda temporada que hace referencia al libertarianismo es en sí una pequeña obra maestra— e incluso los Clásicos AM de Música Libre (en Argentina, Música en Libertad) —en la segunda temporada se escucha a Silvana Di Lorenzo y a César Banana Pueyrredón—.

Además, como en toda serie deliberada hasta el extremo, cada detalle de la filmación está resuelto hasta el último detalle: a lo largo de todo su metraje de las primeras dos temporadas —y hasta ahora únicas— los personajes beben una cerveza marca “Belika” y los taxistas que hacen hora en el Bar Oxford fuman unos puchos que se llaman o bien “Viejo Lobo”, o bien “Fatuos”. Bueno; dichas marcas son inventadas para la serie [hasta en eso pensaron], no existen en la realidad. Son como la cerveza “Duff” y los cigarrillos “Laramie” de Los Simpson; y para qué hablar de las salchichas “Satispanchos”, en referencia a “Satifaction” de los Rolling Stones.

Porno y Helado, aunque con un pitch de guion que ya hemos referenciado y que se cae de insofisticado: “dos amigos losers en sus treintas que se juntan los viernes a ver porno mientras toman helado se alían con una estafadora de poca monta para hacer una banda musical”; y como una buena narración serializada de personajes estereotipados —que en este caso son unos verdaderos imbéciles, al punto de que su banda se llama Los Débiles Mentales y que, contraviniendo uno de los clichés más típicos de las comedias de situación, no disponen de una cultura muy amplia (la dupla masculina central, que tiene claramente un bromance, suele quedar colgada cada vez que alguien habla de bandas de rock o de otros hitos culturales pop, como si hubieran estado metidos en una cápsula del tiempo las últimas tres décadas)— parecería otra sitcom más, tiene además de sus capas de lectura, un fondo falso que enhebra los miedos de la Generación Millennial que observa y reconoce ahora a mediados de los 2020 cómo su tiempo se está pasando y que se aproxima ráudamente el envejecer y la decadencia —la canción que da nombre a la serie lo expresa explícitamente: “Te diste cuenta que sos un fracasado/ Y en el espejo te ves medio pelado”; y el hermano pequeño de Pablo, de unos diez años, un Generación Alfa, en contraste resulta mucho más maduro que él siendo un famoso streamer de TikTok con casi un millón de seguidores y le da lecciones al protagonista principal de la serie, tal como las que le daba Rachel Hansen a su hermano Tom en 500 days of Summer—. Parecería ser una sitcom más, pero no lo es, aunque se recurra, como se señaló más arriba a todos los clichés de TV Tropes. Y no lo es porque en ella el absurdo narrativo dinamita “El Camino del Héroe”, siguiendo los métodos disruptivos de obras como Después de Hora o El Gran Lebowski

Así, en un arco dramático que nunca alcanza a avanzar del todo —sin por ello quedarse atrapada en ese loop infinito de las comedias de situación en que las retcons permanentes terminan agotando—, Porno y Helado es absolutamente adorable y sus personajes todos entrañables a pesar de que nadie podría identificarse con ellos: porque no son nerds, sino simplemente pernos, no son hipsters, sino simplemente náufragos de la contemporaneidad; sin haber buenos ni malos o habiendo papeles de buenos y malos intercambiables.

Una lección de cine y otro milagro televisivo argentino, que siendo esencialmente argentino —aunque larga parte de su metraje haya sido filmado en Montevideo, donde no solo se encuentra el Bar Oxford en la esquina de Andes y Paysandú, sino que donde su regenta, Gabriela Iribarren (Grace), en la vida real es una actriz, política, docente y directora uruguaya feminista participante del Frente Amplio uruguayo y que actualmente se desempeña en el área de cultura de dicho movimiento—, resuena en Chile, donde por ya más de un siglo hemos bebido de las ficciones y el arte trasandino y donde no se nos escapa casi ninguna de las referencias a las que hace alusión esta obra.

Porno y helado (Argentina, 2022). Con Martín Piroyansky, Sofía Morandi e Ignacio Saralegui. Creada por Martín Piroyansky. Disponible en Amazon Prime




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