Entre la multitud

Caminar, cantar, pensar; Fred Astaire hace todo eso y más, en los primeros minutos de The Band Wagon. Como si fuese tan fácil.

Tony Hunter, de traje y sombrero blancos, bajándose del tren en la estación Grand Central junto a Ava Gardner. Afectuosa, la estrella de cine saluda a su colega y mientras la prensa se le abalanza Tony continúa su camino, inadvertido entre la multitud: Hollywood se ha quedado atrás, y frente a él no ya hay películas, ni proyectos ni contratos. Sólo maletas y gente de paso, el vapor que emerge de los vagones cromados a un costado y una alfombra roja que no lleva a premiere alguna, sino directo a la salida. Nadie le mira ni le escucha, pero la melodía parte de todos modos:

I’ll go my way by myself, like walking under a cloud 

I’ll go my way by myself, all alone in a crowd. 

I’ll try to apply myself and teach my heart to sing. 

I’ll go my way by myself, like a bird on the wing,

I’ll face the unknown, I’ll build a world of my own; 

No one knows better than I, myself, I’m by myself alone.

En los minutos iniciales de The Band Wagon, acaso el más amargo de los musicales de Vincente Minnelli, Fred Astaire canta desenvuelto y ligero; no hay espacio para resignación alguna, sino la súbita conciencia del espacio que su personaje, tan parecido a él mismo, ocupa aquí y ahora. Un número musical donde no hay pasos de baile, salvo la rítmica caminata que le empuja —a paso seguro— hacia adelante; a su manera, es la calmada respuesta de Fred a los desbordes de Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, estrenada apenas un año antes. Ésta última, pura energía y estridencia, una voz solitaria que convierte su canción en sinfonía, en exhibición de gimnasia, en ganadora del Oscar. La de Astaire, una serenata para uno mismo, un número que no se despliega en un escenario, y ejecutado en poco más de minuto y medio, antes de disolverse sin siquiera llegar a la segunda estrofa de la canción (que sí aparece en el disco).

Pese a lo anterior, “By Myself” fue importante para Astaire y también para MGM: cuando en 1974, el estudio estrenó That’s Entertainment —que compilaba decenas de momentos legendarios en los musicales del Estudio—, el segmento que introducía al actor era precisamente éste: Tony Hunter en una imaginaria Grand Central que luego se funde con la imagen del propio Astaire, veinte años más tarde y caminando por el mismo set, pero ahora abandonado. En ruinas. La vista es de una precisión casi documental: para entonces, lo único que quedaba de la todopoderosa Metro-Goldwyn-Meyer era el logotipo del león. El Estudio venía quebrado desde principios de la década, con la marca vendida a desarrolladores inmobiliarios que, más temprano que tarde, la usarían para bautizar hoteles y casinos, mientras el backlot, los sets originales y otros polvorientos contenedores de fantasías eran demolidos a toda velocidad. ¿Y Fred? 

En la medida que todo número musical es al mismo tiempo meditación y declaración de principios, Astaire sigue paseando tranquilo entre la multitud; cada paso, cada estrofa, cada melodía, enfrentando lo desconocido, confiada criatura en soledad.

The Band Wagon (Estados Unidos, 1953). Con Fred Astaire. Dirigida por Vincente Minnelli. Disponible para arriendo en Apple TV.




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