Luego de bajar del taxi, me cuesta encontrar un bar en Providencia apto para mis propósitos. Debo terminar un libro importante que me encargaron. A pesar de que faltan unas pocas páginas, solo dos capítulos y el plazo de entrega vence en dos semanas, es mi prioridad. No puedo escribir en casa: el niño llora, desconcentra. Debo evitar cruzarme con Erick Pohlhammer. Diga lo que le diga se sentará conmigo, el manuscrito quedará de lado sobre la mesa y una extensa charla sobre poesía completará la jornada.
Estoy en el “Hapetito”, casi en la esquina de Huelén. Boliche a la antigua: mesas verdes, quitasoles de cerveza Cristal, meseras mayores y bien arregladas, botellas de litro. Releo mi proyecto, me gusta, no puedo avanzar, como pasa algunos días. Miro la gente caminar por la vereda. Un sorbo grande de cerveza. Otro. Un cigarrillo. Las personas pasan y pasan y Erick no aparece, lo que me angustia; en el fondo quiero verlo y por eso no escribo. Son los pagos de Pohlhammer, me extraña no verlo, porque pasa a diario por aquí como un fantasma.
Una sensación de apuro me embarga. A pesar del sol y el calor me pongo a estornudar al punto de ver puntitos de colores en el aire. El manuscrito sigue ahí. Entiendo que, al menos por el momento, no podré poner una línea. La mesera anota en mi cuaderno lo consumido y subo por Providencia. Por mi lado pasa como flecha Roberto Merino, saluda con la mano e indica con el índice el diario que lleva bajo el brazo. Le grito: ¡Estamos en la misma! Roberto ríe y sigue rayando el tabloide como un poseso. ¡Claro, tiene que entregar la columna!, pienso. Me martiriza no ser tan prolífico como él. Aunque me inspira para ponerle bueno. Se me ocurre sentarme en otro lado, reviso mi mochila, olvidé el manuscrito en el “Hapetito”. El día está perdido, salvo que regrese a casa, donde hay un niño que llora y una mujer que exige parte de mi tiempo.
En la plaza central, donde está la gran fuente, se realiza el rodaje de una película. Al estilo de La dolce vita, adentro se mojan y besan multitud de hombres y mujeres jóvenes. El calor hace que sude, reflexiono sobre mi barba, esa crítica de mi papá, esa que tanto molesta —y al mismo tiempo gusta— a mi mujer. Descubro que Edgardo Cozarinsky es el director del film, también está dentro de la pileta, da instrucciones a gritos, gesticula. Lo veo contento y no quiero molestar. Me reconoce. Se acerca y como siempre me da un beso en la cara y atraviesa con sus ojos verdes. Habla en francés para que el elenco no sepa lo que me está diciendo: “Burbujas, vino blanco y mariscos en media hora”. Camino hacia la cordillera. Llamo a Sebastián Astorga y Felipe Gana para que se sumen. Este último me dice “ya sabía”.
Como estoy cerca de mis hermanas aprovecho de ir a ver a mi papá. Desde que dejó de usar el tanque de oxígeno abusa de su salud y se mueve como un cabro de catorce años. Por la ventana le hago señas, corre el vidrio, me besa, nos abrazamos y dice que tiene ganas de tomarse un fanshop. Pasa una pierna hacia la calle y llegan mis hermanas a retenerlo. Lo retan, dejó de ser oxígeno dependiente hace pocos meses y se sube por el chorro, como siempre. Mi papá se ríe, me da otro beso, mis hermanas cierran la ventana y mi papá se queda pegado al vidrio, como un niño de siete años, con las palmas pegadas, observando cómo me alejo.
El elenco terminó su trabajo. Alrededor de la fuente vuelven a poner las mesas del famoso restaurante “La Fontana”. Como hay poca gente reconozco a Sebastián y Felipe. En la mesa hay ostras, almejas, locos, centolla, Mike Wilson está sentado, una botella de espumante en un balde con hielo, un vino blanco abierto para compartir mientras esperamos que Edgardo esté listo. Por fin aparece. La inmensa pantalla del edificio deja de dar comerciales y el rostro de Edgardo aparece medio pixelado. “No entiendo lo que dice”, comento a mis amigos. “Nadie pos huevón”, me responde Gana. “Ya va a llegar a la editorial la traducción y la publicaremos”, agrega.
Edgardo habla durante horas, inspirado. Me gustaría saber qué dice, confío en que podré leer y tal vez editar esa traducción. Quién sabe, a quién le importa ser editor de este posible libro, pienso, ya medio curado, después de tanta uva blanca. Comienza a hacerse de noche y Edgardo no para de hablar. Las mesas se vaciaron casi por completo hace rato. Solo Astorga, Gana y yo, y otros fanáticos, por cariño y admiración, nos quedamos hasta terminar absolutamente ebrios. Tanto así, que ya no solo no entendemos lo que dice Edgardo, sino que tampoco comprendemos lo que hablamos entre nosotros, como si hubiéramos aprendido su extraño idioma a medias. No sé en qué minuto me quedo dormido. El calor hace que abra los ojos. Muevo a mis amigos para que despabilen, no hay caso. Quizás están muertos. Edgardo sigue entusiasmado en su jerigonza en la pantalla, quizás cuántas horas lleva. Cada vez se escucha menos: pasan las micros con su ruido, las bocinas de los autos. Me despido de él a lo lejos y su imagen se congela.

Deja un comentario