Correr

Frank Sinatra no quería un final obvio para la muy obvia Von Ryan’s Express (1965), pero ¿hasta qué punto puedes desafiar las ideas de tu audiencia? Esta es la historia de una traición al público, con tal de ser fiel a tus propios impulsos.

Sinatra va corriendo por las vías, el tren está delante suyo, a su alcance; es cosa de esforzarse un poco más, alargar el tranco para dejar a los alemanes atrás, subir al carro y abrazar a los compañeros después de un sinfín de aventuras, balaceras y escapes al límite. Joseph L. Ryan, su personaje, se las ha arreglado para ir un paso adelante de sus captores, desde que llegó al campo de prisioneros en los últimos días de la ocupación nazi de Italia hasta la interminable huida en el convoy que llevaba a su gente directo al exterminio, pero que ahora está a punto de cruzar hacia Suiza y la libertad. Es cosa de correr, un poco más…

Publicada como novela en 1964 y llevada al cine en cuestión de meses, El expreso Von Ryan es una de las tantas películas de la Segunda Guerra que buscaron colgarse del gigantesco éxito obtenido por El gran escape, estrenada un año y medio antes. No es, ni de cerca, la mejor del lote —ese honor le corresponde acaso le corresponda a The Train, La noche de los generales o Los doce del patíbulo—, pero nadie podría condenar su cruzada en pos de entretener a una generación que, por entonces, había comenzado a ver el conflicto que partió en dos la vida de sus padres bajo el adormecido filtro de la ficción.

Frank Sinatra en la escena final de Von Ryan’s Express

Al contrario de las agobiantes películas de guerra de los años cincuenta, hechas con los horrores de Corea frescos en la mente de la audiencia, El gran escape, Von Ryan y sus primas estaban ejecutadas con un poder de fuego y despliegue que sin duda ya habrían querido los soldados aliados en el frente, y que iba a la par con cierta debilidad por los primeros planos, líneas de guión fabricadas a medida y cierto triunfalismo que anticipa a los delirios ochenteros de Rambo, Comando y Desaparecido en acción. Pero me estoy yendo por las ramas: toda la evidencia indica que Von Ryan era un filme de aventuras más, con alemanes al borde de la caricatura, Trevor Howard en su clásico papel de obstinado y una irreconocible Raffaella Carrà, con su pelo pardo original, en el papel de la amante del malo; en fin, otro predecible vehículo confeccionado en torno a un infalible macho alfa y su patota, el mismo sinatresco rat pack de Ocean’s 11, Sergeants 3 y Robin and the 7 Hoods

Y esa imagen cuadra perfecto, hasta que llegamos a la escena final. La del carrerón. 

Frank habría llegado al rodaje del filme convencido que el desenlace del guión —que, a todo esto, era igual al del libro— tenía que cambiarse, por las buenas o por las malas. Así, enamorado de su idea, presionó al director Mark Robson hasta el punto de quiebre, hasta salirse con la suya, hasta tapar de nubes esta fiesta de balas, explosiones y masculinidad al por mayor. 

Así, volvemos al tren, a las vías, Joseph Ryan corriendo lanzado hacia el último carro y hacia una audiencia que de tan preparada para el final feliz seguidas del “The End”, es incapaz de ver la sombra fugaz que cruza por el agotado rostro del héroe. Sombra, extenuación, tropiezo, ráfaga. El tren se va mientras Sinatra cae como un perro. Acribillado ante los ojos del público. Convertido en un punto lejano.

Von Ryan’s Express (Estados Unidos, 1965). Dirigida por Mark Robson. 117 min. Disponible en Google Play




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