“¡Adrian, Adrian!”.
La pelea ha terminado, los periodistas se abalanzan sobre Rocky Balboa, pero éste sólo grita buscando a su novia. Como suele pasar en las películas, ella se acerca al ring sin que nadie la detenga, atravesando la multitud para abrazarse con el héroe. La imagen se congela. Fin.
Entre las muchas cosas que en su tiempo le celebraron a Rocky (1976) quizás la más corajuda fue atreverse a narrar una historia de amor “a la antigua” —chico conoce chica, chico protege a chica, chico se casa con chica— en pleno auge del “nuevo Hollywood” de los años 70, un contexto de intenso revisionismo, donde incluso los filmes románticos tenían problemas para justificar su final feliz. Así, el esforzado Robert Balboa se enamora de la introvertida Adrian Pennino y permanecen juntos para siempre, película tras película, hasta que ella muere de cáncer fuera de cámara, durante la extensa pausa que separó la quinta (1990) y la sexta (2006) entregas de la serie.
Dicho lo anterior, no creo que esta sea la gran historia de amor de la saga.
El romance verdadero, el que capturó la imaginación de los espectadores, ocurre dentro del ring y fue cocinándose a fuego lento durante al menos tres películas. Pero me estoy adelantando…
Hace un par de años, distraído mientras revisaba segmentos de películas para una clase, la puse play a los clásicos montajes de entrenamiento de Rocky, esas donde el protagonista se levanta de amanecida y, después de tragarse un vaso de huevos crudos, sale a trotar a la calle camino de las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia, pero también a esas secuencias decadentes, donde —esteroides mediante— Stallone saca músculo cortando leña, arrastrando cadenas y subiendo cerros al ritmo de canciones hard rock. En fin, el mejor de esos segmentos siempre fue el de Rocky III, donde el encargado de ponerlo en forma tras su humillante derrota ante Mister T. era el mismísimo Apollo Creed, su archirrival en las dos cintas anteriores.
Apollo es un entrenador exigente. “Baila” con Rocky frente al espejo, le corrige el juego de piernas y su técnica ante la pera de box, lo lleva a dar braceadas en la piscina y luego lo exprime en el cuadrilátero, pero, sobretodo, lo hace dar piques en la playa a toda velocidad, una y otra vez, hasta que no da más. Viéndolos, es obvio que el Stallone de la vida real (1.77 mts.) no tiene mucho que hacer ante el veloz metro noventa de un Carl Weathers en su mejor momento físico: por más que se empeñe en pillarlo, éste siempre irá dos trancos más adelante.
En la ficción, sin embargo, Balboa va acortando distancia. Con cada nuevo intento se acerca más a Creed, le pisa los talones y finalmente lo rebasa con la clásica fanfarria musical sonando de fondo mientras nuestros deportistas se abrazan en el agua, celebrando en éxtasis.
En ese punto paré el video, lo retrocedí y volví a mirar. En la toma es evidente que Weathers no se esfuerza al máximo y deja que un Stallone (a punto de reventar) lo pase. Pero más importante aún: no hay duda que Apollo está dejando “ganar” a Rocky. ¿Por qué?
Bueno, puede que después de dos películas y media, los lazos que unen a ambos campeones se hayan vuelto tan deportivos como fraternales, sentimentales. Quizás Apollo siente que celebrar junto a su amigo entre las olas es más importante que minar su confianza de cara al duelo final. Lo quiere y qué va, está claro que es correspondido. Y por si cabe alguna duda, la increíble popularidad de la escena, es prueba de que el público piensa lo mismo. ¿Cierto? ¿O será que estoy mirando por debajo del agua?
En la saga Rocky, Apollo Creed siempre fue una figura inalcanzable para un protagonista que no tenía ni su carisma ni su talento ni su vanidad. No es casual que Stallone lo haya creado inspirándose en Muhammad Ali y, por lo mismo, es natural que, aunque al principio lo deteste y lo desprecie, Rocky acabe gravitando en torno a él, generando entre ambos una corriente de creciente afecto al extremo que, cuando en la cuarta parte el soviético Ivan Drago liquida a Creed en pleno ring, Balboa no vacila en salir a vengar al amigo muerto y, de paso, el honor de la patria (nunca olvidemos que Rocky IV es una atrocidad chauvinista, una entre tantas filmadas hacia el final de la Guerra Fría).
En su rol de creador, productor, director y actor en sus ficciones, Stallone jamás cruza esa barrera, pero esos cuerpos trabajados, aceitados y —francamente— erotizados en sus cortísimos shorts, apretados top y cintillos húmedos son innegable testimonio de pulsión homoerótica, una que, en su momento, le pasó totalmente por el lado a la crítica estadounidense pero que sí fue captada por cierta crítica francesa a la que no le pareció nada de raro pensar en Rocky y su realizador como emblemas de un entonces incipiente cine queer.
Quien necesite más pruebas al respecto, tal vez debería darse una vuelta por YouTube y darle play a cualquier clip de Staying Alive (1983), la secuela de Fiebre de Sábado por la Noche que “Sly” filmó justo después de Rocky III, y en la que Tony “Travolta” Manero vive sus fantasías de danza a taparrabo limpio y torso desnudo, sin la menor culpa.
La otra evidencia es derechamente melodramática: estrenada a cuatro décadas del filme original, Creed (2015) es un spinoff donde el envejecido y solitario veterano ayuda a preparar como boxeador a Adonis, hijo ilegítimo de su amigo fallecido hace treinta años. No lo hace por deber, no lo hace por tributo. Nada que hacer. Para todos los efectos, esta versión de Rocky Balboa es tan viuda de Adrian como lo es de su querido Apollo.
Rocky III (Estados Unidos, 1982). Escrita y dirigida por Sylvester Stallone. 100 min. Disponible en Prime Video

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